¡Salud!

De Saint Émilion nos trajimos una botella de un vino que parece que está buenísimo y que, dijimos entonces, íbamos a abrir para celebrar cuando naciera nuestro hijo. El tiempo pasó y el 'hijo' dejó de ser un proyecto para convertirse en Luisa, la mejor hija del mundo mundial y el vino sigue esperando en el mismo estante que hace casi tres años. Hasta hoy. Porque hoy lo vamos a abrir.

Por Federico Petersen para Baby Dove

Desde hace unos cuatro años en casa recibimos gente de todo el mundo, gracias a Airbnb. Salvo una única experiencia olvidable y algunas neutras (las menos), el resto (más de 40) han sido enormemente satisfactorias.
Hemos conocido gente y conectado con personas de los rincones más variopintos del mundo y hecho varios amigos, también.
Por supuesto que también lo hacemos, en buena parte, por el dinero: desde el día uno decidimos que todo lo que nos ingresara por concepto de recibir gente en casa, sería destinado a viajar.
Viajar, justamente, era algo que queríamos hacer todo lo posible antes de tener hijos; lo teníamos clarísimo. Y lo pudimos hacer.
Y era divertido, en los distintos viajes que pudimos ir haciendo, comprar cosas "para el día que tuviéramos un hijo". Nos trajimos chupetes del St. Pauli F.C. de Hamburgo, unos tuppers preciosos con ilustraciones de animalitos para prepararle y guardarle comida de Budapest y nos trajimos también, de Saint Émilion, una botella de un vino que parece que está buenísimo y que, dijimos entonces, íbamos a abrir para celebrar cuando naciera nuestro hijo.
Es uno de esos vinos de guarda que, según entiendo, quedan más ricos cuanto más tiempo lo guardes y que uno abre cuando tiene cosas lindas para celebrar.
Pues bien, el tiempo pasó y el "hijo" dejó de ser un proyecto para convertirse en Luisa, la mejor hija del mundo mundial y el vino sigue esperando en el mismo estante que hace casi tres años.
Hace tiempo venimos charlando del "momento perfecto" para abrirlo y siempre tiramos opciones, pero sigue esperando. Claro que uno de los motivos principales por el cual no lo abrimos aún (y que claramente no "vimos" cuando tomamos esa decisión) es que Nani tiene que ordeñarse un montón de veces al día y entonces, lógicamente, no puede tomar alcohol.
Hasta hoy. Porque hoy lo vamos a abrir. Porque el momento perfecto no es algo que vaya a llegar ni que haya que perseguirlo; es algo que se hace. Y la verdad es que todos los momentos que vivimos los cuatro (con Tila, claramente) son perfectos.
Gracias al enorme esfuerzo que Nani ha hecho pudimos reponernos de la crisis de leche que tuvimos hace unas semanas y ya tenemos de nuevo bastante congelada.
Entonces hoy, porque tenemos ganas, vamos a poner una música linda, a prender la estufa a leña (probablemente por última vez en el año), a preparar una cena rica y nos vamos a tomar el vino; Nani se va a ordeñar y esa leche la vamos a desechar.
Si eso no es un momento perfecto, no sé cuál es.
Brindaremos, y diremos "salud", como se suele decir.
"Salud", palabra que este año ha adquirido una relevancia y dimensión especiales para nosotros, porque fue una pared contra la que nos dimos de bomba a horas de nacida Luisa. Luisa no nació con "salud"; si hoy en día la tiene y es la niña feliz que es, es gracias al capo del cirujano que la operó.
Pero también a otro tipo de salud que nos ocupamos fuertemente en cultivar: la mental, la emocional. La que baja desde la azotea, la que hace cosquillas entre las costillas.
La que no se arregla en quirófanos, la que hay que equilibrar todos los días, con cada acción, la que hay que regar con amor, sensatez y paciencia, la que hay que hacer impermeable a las roscas, tensiones y presiones, a las pocas horas de sueño, frustraciones, etc.
Por esa "salud" es que esta noche alzaremos nuestras copas y tiraremos, por una vez, esa leche.
Es difícil hacerlo, nos va a costar un montón.
Pero no va a ser ni lo primero ni lo último difícil que se nos cruce en el camino. Y, como lo demás, lo sortearemos juntos.