Azul, el agua y yo

Azul, mi pequeña de casi cinco meses, nació compartiendo todo. A su mamá, a su papá, a sus juguetes. No sabe lo que es estar a solas con sus padres.

Por Florencia para BabyDove

Azul, mi pequeña de casi cinco meses, nació compartiendo todo. A su mamá, a su papá, a sus juguetes. No sabe lo que es estar a solas con sus padres. Siempre está rodeada de la voz y los besos de su hermana mayor, Alma, de casi dos años.

Se despierta con ella sonriéndole mientras le dice ‘Atulina' - una combinación muy creativa de Azul y linda-. Lo cual, yo sé, le encanta porque, de inmediato, le sonríe.

Sus días son muy divertidos gracias a los bailes que ‘"a niña grande de la casa" le regala, a las risas, los besos y abrazos que la mantienen despierta, vibrante y vivaz.

Pero, a pesar de ese compartir natural y majestuoso, hay un momento en el que estamos a solas, madre e hija menor, escuchando el silencio, mirándonos, disfrutando. Y es la hora del baño.

Mientras papá Lolo se va a dormir con Alma, nosotras nos aprontamos para nuestro encuentro.

Azul lo sabe. Antes que nada, ama estar desnuda. Por lo que, al ir sacando prendas su sonrisa es cada vez más amplia.

Al momento de sumergirse en el agua calentita, su cuerpo se ablanda, se relaja.

Intercambiamos sonrisas, mientras surge algún canto espontáneo, algún beso en sus pies, en su nariz o en su frente.

Le enjabono las manos - y enseguida se ríe-. Mueve sus piernas como si nadara. Le hago masajes. Destierro pelusas de entre esos rollos llenos de recovecos que conforman su cuello. Siempre mirándonos, con el corazón al desnudo.

Hace un tiempo, cuando sólo estaba Alma en nuestras vidas, escribí una nota que titulé ‘El baño: la hora sagrada'. Y ahora lo rememoro, lo revivo, lo abrazo y lo consagro.

Azul, como pez en el agua, estoy segura que lo aprecia tanto como yo. No hay dudas, después de estar meses en un mundo acuático, el baño significa revivir ese estado de ‘slow motion' donde el tiempo se detiene o se aleja por unos minutos, donde el espacio invita a vernos traslúcidas.

Pero el encuentro no se da por terminado hasta que se duerme en mis brazos. Apoyada sobre mi pecho. La respiración se agudiza a medida que se va durmiendo. De a ratos se acomoda hasta que en un instante se duerme profundamente.

Su cuerpo queda blando, relajado, así como cuando estaba en el agua. ¿Serán mis brazos que en sus sueños se transforman en agua y ella, procurando flotar como cuando estaba en mi panza - y ahora en el baño-, se deja mecer por ellos?

Yo sólo la observo. La luz cálida y tenue abraza a sus cachetes mientras la sombra se sienta sobre sus párpados. Una obra perfecta, inmaculada se desparrama sobre mi ser y yo me baño de felicidad y paz.

Así, nos sorprende la medianoche. A veces estamos hasta la una y pico de la noche juntas. Ella en mis brazos, tomando teta, adentrándose al mundo de los sueños lentamente.

Yo dejándome llevar por esa corriente cristalina que ambas generamos.