Como gitanos

En enero nosotros nos tomamos vacaciones. O sea: nos quedamos en Montevideo, trabajando. Por varios motivos.

Por Federico Petersen para BabyDove

En enero nosotros nos tomamos vacaciones. O sea: nos quedamos en Montevideo, trabajando.
Por varios motivos.
Porque las grandes multitudes y largas colas de autos, gente y precios desorbitantes no nos llaman mucho la atención y no nos descansan en lo más mínimo.
Porque en enero Montevideo es soñado: estacionás donde sea, hay mucho menos ruido de motito-delivery, los tiempos de un lugar se reducen a la mitad.
Y porque por lo que te sale alquilar una casa acá, con un poquitito de ingenio y muy pocos mangos más, te vas de vacaciones a otro país, a conocer, comer y beber cosas nuevas.
De hecho en marzo llega nuestro enero: estamos contando los días para que llegue el 10, fecha musicalmente célebre ya que los enormes Alfredo Zitarroza y Norberto Napolitano nacieron ese día, aunque en distintos años, pero que esta vez no tiene nada que ver con eso: es la fecha que nos vamos a Río de Janeiro; la fecha que iniciará el segundo periplo internacional de Luisa. Y ya ahondaremos al respecto.
La cuestión es que ahora los fines de semana intentamos huir de la urbe como ratas abandonando el Titanic; adónde, se preguntarán, de la misma manera que nos preguntamos nosotros cada jueves. Pues a donde sea: a La Floresta, mi viejo tiene un ranchito que hemos sabido disfrutar cientos de veces, o a su casa en Colonia con su piscina siempre fresca, o simplemente a pasear a algún lado por el día para volver a dormir a Montevideo.
O a Arachania, como esta vez. El motivo: el cumple de un año de Roma, la hija de la mejor amiga de Nani. Y de LA mejor amiga de Luisa, si la tradición inclina un toque la balanza para este lado.
Quisimos salir, como siempre, a eso de las 8:30 am, porque "Luisa se despierta y nos vamos, ¿no?".
Del dicho al hecho, un trecho: salimos a las 10:30, como siempre porque jamás demoramos menos de dos horas en armar el campamento gitano: nuestra ropa (que siempre es más de la necesaria), la de Luisa (ídem), las cosas para comer (ídem), las cosas para que Nani se pueda ordeñar (ídem), las cosas de Tila (acá no hay ídem porque solo son sus pastillitas, pero igual a veces nos las olvidamos... sí; ya sé... horrible).
Armamos el puzzle vehicular, que siempre se arma diferente, y zarpamos.
Todo bastante fluido hasta que... hasta que no. Cuando llegamos a la estación de nafta de Rocha decidimos parar porque... bueno había que cambiarle los pañales a Luisa. Y fue justo ahí, cuando todo parecía soñado y perfecto que el cable del embrague de nuestro auto que oficia de caravana gitana bajó nuestro propio cable a tierra y reventó.
Fueron casi cuatro horas de otro tipo de movidas gitanas, de bultos que pasaban de un auto al otro, de autos que venían a buscar a las damas, de camiones que subían a nuestra batatita a su espalda, de llamadas a casas de repuestos, pagos de giros, encomiendas con repuestos, caminatas para acá, caminatas para allá, amigos solidarios que nos pasan a buscar y me acercaron a un lado, o al otro.
Pero ya está.
Acabo de llegar a destino. En la casa/campamento que nos toca este fin de semana tenemos un cuarto que vamos a compartir los tres, con una familia de amigos que nos reciben para el cumple de su Roma, Romita, cosita divina. Ya estamos a los abrazos, a las risas, comiendo, bebiendo y sintiéndonos como en casa.
Mañana vemos cómo sigue el embrague. Hoy tenemos que celebrar. Que Roma cumple un año, que nos queremos y nos tenemos.
Estamos bien. Mejor que bien. Estamos como queremos.
Mañana vemos.