Cosa de perros

Cuando estaba embarazada hablamos con la ginecóloga sobre la brutalidad de los perros y nos recomendó que utilicemos una botella con agua y que, cuando el terremoto de la casa se abalance sobre uno, le arrojemos un poco de agua sobre el hocico y le digamos 'no'. ¡Realmente funcionó! Después de que nació Alma, Ma'a Nonu no ha parado de sorprendernos con su gratitud y su amor puro.

Por Florencia para Baby Dove

"Hay amores que matan", cantan los Pimpinela. Al abrir el portón para entrar a casa, Ma'a Nonu, nuestro pequeño gran cachorro -cruza de labrador con policía- te abraza, ese abrazo es tan apretujado y fuerte que podés terminar en el suelo si venís distraído.

Es que es un torbellino. Es un perro bonachón pero le gusta jugar tanto y su alegría al verte es tan inmensa que no mide su fuerza.

Un día, cuando estaba con Alma en la panza, en consulta con la ginecóloga nos pusimos a hablar sobre la brutalidad de los perros -porque a ella le sucedía lo mismo- y nos recomendó que utilicemos una botella con agua y que, cuando el terremoto de la casa se abalance sobre uno, le arrojemos un poco de agua sobre el hocico y le digamos "no".

Volvimos a casa y fue lo primero que hicimos. ¡Realmente funcionó! A partir de ese momento, pudimos equilibrar el vínculo de "amor bruto". Lo mojamos solo un par de veces porque, al ver la botella, ya asociaba el agua en su cara y no saltaba sino que se quedaba al lado tuyo moviendo la cola y esperando un mimo. De a poco, la botella desapareció y con un "no", ahora ya es suficiente para que no salte.

Después de que nació Alma, Ma'a Nonu no ha parado de sorprendernos con su gratitud y su amor puro.

Nunca voy a olvidar el primer almuerzo en casa con la bebé. Fue de esos días de octubre en los que la primavera florece. El sol traspasaba los vidrios del ventanal, mientras el loco de cuatro patas caminaba de un lado hacia el otro por todo el jardín.

Estábamos sentados alrededor de nuestros platos de comida, a punto de comenzar a comer, cuando de repente, se asomó por la puerta. Nunca olvidaré su mirada, su cabeza gacha, la solemnidad de sus pasos. Alma dormía en el silencio del hogar y él, tan respetuosamente sigiloso dio unos pasos mirándonos con sus ojos color café.

Con Lolo nos miramos, no podíamos creer la delicadeza de sus movimientos. Con nuestros ojos vidriosos puestos en sus pupilas le sonreímos y él continuó dando pasitos hasta estar al lado nuestro y sentarse. Lo hizo con una suavidad desconocida hasta el momento.

Desde ese momento entendimos que él sabía su rol de hermano mayor. Así han pasado ya ocho meses desde el nacimiento de la pequeña y realmente compartir con ellos es un verdadero regocijo para el corazón.

Por ejemplo, hace unos días, le di a Alma un pedacito de galletitas de arroz -de esas finitas que son geniales para que chupen mientras termino de preparar o calentar la comida-. Obviamente, le di otra a Ma'a Nonu la cual se devoró en un instante y después quedó mirando inmóvil a la bebé mientras ella saboreaba delicadamente. En un momento, ella extiende su brazo y lo mira. Él abre su bocota y le come la galletita. La miro para ver su reacción. ¿Llorará? ¿Se asustará? Pues no, me mira muy seria, confiada de su compañero fiel. Y él me mira como si nada hubiera ocurrido. ¡Cuánta naturalidad!

En ese momento me sentí tan feliz. Sí, muchos pensarán que es una bobada, es un momento más de los miles que te tocan como padre. Pero es que poder ser parte de ese vínculo que se construye día a día me eriza la piel, me hace sentir plena, conectada con algo ajeno a lo racional. Me abraza y me sacude el corazón.