Dame la mano

Luisa arrancó a caminar; el proceso que va de pararse agarrada de cosas, luego dar pasos ya sin medir mucho la distancia entre un punto de apoyo y el siguiente y finalmente, largarse, está en su etapa final.

Por Federico Petersen

Luisa arrancó a caminar; el proceso que va de pararse agarrada de cosas, luego dar pasos ya sin medir mucho la distancia entre un punto de apoyo y el siguiente y finalmente, largarse, está en su etapa final.

Se dio 400 porrazos por día durante un mes y pico. Esos porrazos que, aunque vos sepas que no le pasó nada porque viste que el golpe no fue grave, te duele más a vos que a ella (otra de esas frases hechas que son absolutamente ciertas).

De última, sirvieron para confirmar el óptimo estado de su capacidad y potencia pulmonar, como seguramente estén de acuerdo vecinos y transeúntes.

Pero ya está.

Luisa camina, listo. Ya no es que está aprendiendo o "largándose". Se sigue dando algunos porrazos, lógicamente, porque no mide mucho las consecuencias de algunas decisiones que toma; pero camina.

Y cómo camina...

Los primeros pasos fueron los más emocionantes, como cada vez que hace lo que sea por primera vez: un día me llegó un videíto en el que daba dos pasos y me quise matar porque no estuve ahí en ese momento tan importante porque estaba trabajando y me cuestioné todo, sobre todo si estará bien la rosca esta de trabajar 8 horas por día y perderme tantas cosas que no van a volver a pasar por primera vez (la respuesta es obvia).

Ta!, que por suerte la vida compensa y unos días más tarde estaba ahí, tirado en el piso del living, jugando con ella y vi que quería claramente venir hasta donde estaba yo, a unos cinco pasos (pasitos). En vez de ir a buscarla, me aguanté y le dije "dale, vení; vení que yo te espero acá, dale que vos podés".

Y ahí sí, pude ver toda la secuencia: la vi pasear sus ojitos una y otra vez del punto de partida (un banco que le servía de apoyo) al destino (yo); la vi calcular más o menos la distancia que nos separaba hasta que se convenció que podía; la vi estirar los bracitos y dar uno, dos, tres, cuatro y finalmente el quinto paso y llegar, ya casi cayéndose, hasta mí.

Cinco pasos. Más importantes para la humanidad toda, e inolvidables, que los de Neil Armstrong sobre la luna.

Como todo, la emoción se esfuma en la medida que la nueva conducta se naturaliza y llega una nueva sensación: miedo. En ese momento te das cuenta que no vivís en una casa, sino en una suerte de parque del terror donde todo es potencialmente rompible y muchas veces irremplazable, pero sobre todo peligroso.

Aparte eso de que hay que aprender a caminar antes de correr, con Luisa mucho no aplicó. Pasó de caminar a correr en un ratito y entonces andás persiguiendo, con la espalda doblada, a una especie de mini Forrest Gump que tiene que ir a TODOS los lugares que existen, muchas veces, lo más rápido posible.

Y de la mano, OBVIO.

No porque no pueda caminar sin agarrarse, no porque necesite tu punto de apoyo; no porque se vaya a caer o tenga miedo. No, no, no, nada de eso. Ella ya no depende de nadie para ir a un lugar u otro.

Pero prefiere ir de la mano.

Prefiere ir de la mano porque las manos que tiene cerca son manos que la quieren y la cuidan y la han cargado y abrazado y dormido y mimado.

Quiere ir agarrada de esas manos para poder compartir con alguien las maravillas que se esconden en los rincones más recónditos del vastísimo mundo que se le está abriendo a cada paso: un palillo, una maceta, un disco, los flecos de una alfombra, un juguete, la comida de Tila.

Quiere ir de la mano y que no se la sueltes porque es la forma más dulce de conocer el mundo; porque ir de la mano es no estar solo, y no venimos a la vida a estar solos.

Venimos a darle sentido compartiéndola y maravillándonos juntos con lo que encontramos en cada rincón que descubrimos con cada paso que damos (tengamos la edad que tengamos)

Al menos eso quiero creer yo, porque por más que me parta la espalda y me canse, la verdad es que yo tampoco quiero soltarle la mano.