Dormir como bebés

Son las 3:27 am. Luisa lloriquea un poco; debe querer una mema. 'Me toca a mí', pienso y me dispongo a levantarme para agarrar la mema de la conservadora que todas las noches llevamos al cuarto.

Por Federico Petersen para Baby Dove

Son las 3:27 am.

Luisa lloriquea un poco; debe querer una mema. "Me toca a mí", pienso y me dispongo a levantarme para agarrar la mema de la conservadora que todas las noches llevamos al cuarto (antes se llamaba "nuestro cuarto") donde estamos intentando dormir los cuatro, perra incluida, y me caigo de la cama.

No entiendo nada; estoy medio dormido (muy, estoy muy dormido) y ahora además de sueño, el brazo derecho tan o más dormido que yo y la espalda a la miseria, tengo un golpe en el brazo despierto (digo, el izquierdo).

No hay tiempo para lamentarse ni entender mucho. Al final de cuentas no pasó nada grave, solo me di un golpe y es importante darle la mema a Luisa lo antes posible para que no se desvele llorando (eso sí sería grave), además de intentar que Nani no se despierte (ella ya le dio otra mema hará dos horas o menos y yo apenas me enteré).

Ya con Luisa en mis brazos y con Nani y Tila aún durmiendo, mientras le doy la mema empiezo a evaluar la situación y sacar algunas conclusiones: la primera es que creo que lo logré; creo que Luisa se va a terminar esta mema (quizás ni llegue a terminarla) y se vuelva a dormir tranquilamente durante un par de horas más.

La segunda es que me caí porque estaba durmiendo al revés, más o menos.

"Al revés" porque mis pies estaban donde normalmente iría mi cabeza (mi almohada) y mi cabeza apoyada en un almohadoncito a los pies de la cama donde me atendían, a turnos, los de Nani y los de Luisa.

Y "más o menos" porque debajo de mí, hechas un nudo, estaban las sábanas y el acolchado que tendrían que haber estado arriba mío, abrigándome, en vez de estar esculpiendo una nueva forma a mis vertebras y cadera. Además, tampoco estaba recto o derecho, digamos, por más que estuviera al revés; mi cuerpo estaba como haciendo una curva, de costado, bordeando el ángulo de 90 grados de la esquina de la cama (por eso el brazo derecho dormido y la espalda a la miseria).

Habrán pasado 15 minutos desde que empecé a murmurar mecánicamente el arrorró y darle la mema; Luisa se durmió pero sigue moviendo las manitos y los dedos. Mi lado tierno piensa "me muero, me está haciendo mimitos". Mi lado empírico piensa "hay que cortarle las uñas urgente o va a degollar a alguien".

La acuesto con la destreza de un ninja, chequeo que efectivamente esté dormida (lo está), vuelvo sigilosamente a mi posición seudo-fetal y pienso "soy un crack; tengo por lo menos dos horitas de sueño por delante antes de que se vuelva a despertar, estoy de fiesta".

De golpe son casi las 4 de la mañana y el pensamiento que aflora es algo diferente: "no te puedo creer que me desvelé otra vez".

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Cuando esperábamos a Luisa, durante el embarazo de Nani, le "hicimos" el cuarto: le hicimos cortinas (las hicimos posta, estampándoles nubecitas una a una a mano), le pusimos ventana doble para que no tuviera frío ni sufriera mucho los ruidos de la calle (esto lo hizo un albañil), le mandamos a hacer una cómoda para su ropita, le colgamos cuadros, le pusimos juguetes y también cometimos el mayor acto de ingenuidad del mundo mundial: le mandamos a hacer una cuna.

La cuna quedó preciosa. Los primeros meses de vida de Luisa la misma hizo las veces de aguantadero de peluches y osos de diversos tamaños y procedencias; también sirvió de depósito de ropa: ropa limpia, ropa prestada, ropa para devolver, ropa para cambiar, etc. De "cuna" no hizo ni una sola vez porque Luisa durmió esos primeros meses en una cuna-colecho que también habíamos comprado.

Como a los ocho meses intentamos pasarla a su cuarto; el intento duró un par de semanas hasta que nos rendimos a las mil levantadas nocturnas y dijimos: la cuna se viene al cuarto nuestro. Así, por lo menos, nos ahorramos cruzar hasta su cuarto. La idea era que durmiera en su cuna, en nuestro cuarto.

Evidentemente no era su idea.

Cuando Luisa se duerme, la acostamos en su cuna, pegada a nuestra cama. A las tres horas, como mucho, ella ya está entre medio de nosotros. A las tres horas y media, como mucho, uno de los dos ya está dado vuelta o durmiendo en un colchón en el piso en el cuarto de Luisa.

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El sábado vamos a ir al shopping; a la tardecita, seguramente. Decidimos eliminar las mesas de luz de nuestro cuarto, la cuna de Luisa y comprar una cama King -Size para pasar de tener un cuarto a tener una especie de cama con passepartout donde, ojalá, logremos dormir los tres (los cuatro, es obvio que Tila no se lo va a querer perder).

El shopping va a estar insoportable de gente. En otro momento de la vida jamás hubiera imaginado que un sábado de tardecita de invierno, previo al Día del niño nos íbamos a meter en un shopping a comprar nada.

Pero ahora estamos en este momento de la vida: el momento de la vida en que hacemos lo que haya que ir haciendo, para ir teniendo la vida que vamos queriendo y pudiendo, intentando sacudirnos todas las ideas preconcebidas y prejuiciosas, todos los comentarios y opiniones externas y desarrollar nuestra propia forma de dormir, juntos y cómodos; nuestra propia forma de ser la familia que somos.

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Que quede clarísimo: Luisa no tiene ninguna responsabilidad en esto. Ella, lógicamente, quiere estar cerca de sus padres hasta para dormir.

Fuimos nosotros los que no nos hemos puesto "firmes" en la decisión de que duerma en su cuarto.

Y si todo sigue saliendo igual de bien cada vez serán menos las cosas en las que nos pongamos "firmes", como nos dijeron que debíamos ponernos.

Si, la espalda duele un poco. Sí, sería lindo dormir más horas. Sí, uno a veces es contradictorio con respecto a estas cosas.

Pero así es como nos sale, ¿qué le vamos a hacer?