Hombre a tierra

En cada contracción fue mi sostén. A la hora de pujar, me dio la mano, me habló al oído. 'Tranquila, vos podés', me repitió varias veces.

Por Florencia para BabyDove

En cada contracción fue mi sostén. A la hora de pujar, me dio la mano, me habló al oído. "Tranquila, vos podés", me repitió varias veces.

Sus ojos se llenaron de lágrimas al nacer nuestras dos hijas. Me besó la frente. Me dijo que me amaba. Me acarició la mejilla.

Cuando nació Alma, la hermana mayor, él la cambió las primeras veces. Él me enseñó cómo hacerlo cuando ya estábamos en la sala de postparto.

Me ayudó a ganar confianza a la hora de sostenerla. Las dos veces que parí, casi como un ritual, me fue a buscar una hamburguesa de lenteja al restaurante de unos amigos para cenar y celebrar la intensidad del momento - y porque yo tenía un hambre feroz, lo admito -.

Los primeros días después de parir a Alma, me costaba dormir, desvelada no podía alejarme de mi bebé. Me quedaba observándola mientras dormía. Casi en un estado de shock, pasaban las horas y conciliar el sueño era muy difícil. Él me alineó, me insistió con toda su paciencia, en que tratara de dormir. Me costó pero su perseverancia logró que, de a poco, fuera relajándome y recuperando el sueño perdido ante tanta sensación nueva.

Amamantar me dá mucha sed. Y él está ahí con el vaso con agua. Dispuesto a servirme las veces que sean necesarias.

Cuando fui a sacarle la cédula a Azul. Me pasó algo increíble. Me perdí en pleno centro de Maldonado. No encontraba el lugar adonde me dirigía. Di vueltas. Azul, en un momento, empezó a llorar. Seguí dando vueltas. Pasé por las mismas esquinas una, dos, tres veces. Puse los pica pica. Paré. Me fijé en Internet. Puse el GPS. Lo intenté pero no podía llegar. Empecé a desesperarme, se nos hacía tarde e íbamos a perder el turno. Con angustia, tomé el celular y lo llamé a él. Buscó en Internet las calles y me dijo cómo ir. Me ayudó a salir de esa nebulosa, me tranquilizó con su voz serena. Y pude llegar en hora a destino.

En la segunda licencia maternal, él se tomó 20 días - la licencia paternal te da 13-. Y la verdad es que estuvo muy acertado. Necesité su apoyo, su compañía más que nunca.

Acobijó a Alma, la sostuvo en ese proceso de adaptación. La bañaba, le daba de comer, jugaba casi todo el día con ella. Pude dedicarme a Azul con tranquilidad, conocernos de este lado de la piel. Darle teta a demanda - seguido, muy seguido-. Y en los ratitos que me soltaba sí intentaba estar para Alma pero eran muy pocos. Sin embargo, estoy segura de que la hermana mayor nunca se sintió sola o excluida. Papá Lolo estaba ahí para hacerla dormir, pelarle una banana o una mandarina, leerle un cuento, cantarle, bailar con ella, hacer de payaso, de amigo, de confidente.

Y, a su vez, conquistaba más y más a Azul. Con una sonrisa, un mimo o unas palabras de amor mientras le hacía provechito o mientras jugaba con Alma y de lejos la miraba y hacía morisquetas.

Siempre recibo de él un abrazo paciente, un ‘andá a descansar un rato, yo me quedo con ellas', un ‘hiciste lo mejor que pudiste' o un ‘aprendemos juntos'.

Esto no es idealizar, esto no es resaltar la cara linda. Esto es mi realidad. La presencia de papá Lolo en nuestras vidas es esencial.

Recuerdo ese primer mes de mamá doble y reafirmo lo necesario que fue su estar y compartir con nosotras. Estar los cuatro tirados en la cama leyendo un cuento, escuchando música o simplemente durmiendo. Pequeños instantes que emergen de mi memoria y me llenan de satisfacción.

Ser mamá es maravilloso, pero ser papá, un papá presente también lo es. Generar un vínculo de amor tan estrecho es mérito de quien regala su tiempo y su ser en plenitud.

Una vez, una amiga se río y dijo ‘él es el cable a tierra y vos sos la volada'. No recuerdo bien qué dije yo y qué respondió Lolo que la llevó a inducir en esa premisa. Pero, la verdad, es que no se equivocaba.

Él es mi hombre a tierra. Perdón, nuestro hombre a tierra. Nosotras volamos, soñamos, jugamos y el siempre está ahí, para acobijarnos, acompañarnos y sostenernos. Sin él no seríamos lo que somos.