La filosofía y los niños: dudo, pienso…soy mamá

En estos días me encontré con una propuesta tan interesante que me dejó pensando y cuestionando. Se llama ludosóficos e invita a los niños (y por tanto a los padres) a filosofar.

Por Jujy Fabini para Baby Dove

En estos días me encontré con una propuesta tan interesante que me dejó pensando y cuestionando. Se llama ludosóficos (www.ludosoficos.com) e invita a los niños (y por tanto a los padres) a filosofar. En un mundo en el que se buscan permanentemente certezas esta iniciativa enseña a dudar, a decir no sé y encontrar un camino de enriquecimiento y aprendizaje mutuo, pero ante todo, a preguntar.

"Nosotros les enseñamos a preguntar y buscamos que sus respuestas no sean las que se esperan de ellos, sino las propias, despojadas de los "deber ser" que les imponemos los adultos"

-Mamá, ¿yo me porto mal?

Eran las 9 de la noche, nos habíamos sentado a comer y él decidió que no tenía hambre. Berrinche y pataleo de por medio terminamos la fruta y nos sentamos en el sillón frente a la estufa a ponerle fin al día y compartir las últimas conversaciones.

Cualquier día le hubiera dicho (estaba un poco enojada, o más bien frustrada):

- Sí, Salva. Te portás mal, porque no comiste.

Esa noche, que venía con esas ideas filosóficas rondando mi mente decidí tomar otro camino, el de las preguntas. Y la respuesta fue:

- ¿Y tú qué pensás?, ¿qué significa portarse mal?

- Pati (la maestra) me dice que me porto mal.

- ¿Y tú creés que tiene razón? ¿Por qué?

Se convierte en gigante la responsabilidad detrás de cada palabra, cada respuesta, cada acto y cada decisión cuando nos damos cuenta de la permeabilidad de estos seres -esponjas que están en pleno proceso de entender y construir su mundo, sus ideas, sus maneras de ver, vivir y enfrentarse a ese mundo. Las situaciones más cotidianas tienen respuestas complejas, o preguntas implícitas si somos conscientes de la enseñanza que está latente en cada pequeño acto cotidiano por insignificante que parezca.

Nosotros vivimos en una chacra. Nos mudamos hace menos de un año de la ciudad a un medio rural, dentro de Montevideo y no tan alejado de los puntos neurálgicos, pero en el campo, al fin y al cabo. Es muy común encontrar dentro de la casa perfectos caminitos de hormigas, que como podría cantar Charly García van desde la cama al living. Salva e Indro las observan con atención, las siguen con la mirada y saben que "están llevando la comida a su casita". Sin duda no es de lo más práctico caminar entre hormigas, adentro de la casa, sobre todo descalzos, pero ¿qué hacemos?, ¿las deberíamos matar?

Habiéndonos criado Marcelo y yo en plena ciudad tomamos esta decisión porque estamos convencidos de las virtudes que tiene la posibilidad de crecer rodeados de naturaleza, con el ruido de las ranas y pájaros, disfrutando de la salida de la luna o las puestas de sol como una maravilla cotidiana, de ver que los limones y peras salen de los árboles y no de las góndolas y que todo lo que los rodea es la mejor enseñanza que les podemos dar.

Desde ese lugar y sin ser unos fanáticos militantes de la protección animal ¿qué les enseñamos si matamos las (molestas) hormigas? ¿y qué si las dejamos circular por la casa como si fueran una habitante más del hogar? No da cuestionarse tanto. Puede ser. Es un simple ejercicio de reflexión con el que convivimos, cuando tomamos real dimensión de que como papas y mamás, tenemos gran responsabilidad en hacer florecer en ellos un pensamiento propio, creativo, libre y sensible o uno rígido, con mandatos preestablecidos y plenos de certezas incuestionables que cargamos en nuestras mochilas.

A ser mamá se aprende en la marcha, fluyendo, confiando en los instintos como en la mayoría de las circunstancias que nos tocan en la vida. Pero pensar en la filosofía y los niños me hizo dar cuenta de que buscar certezas a cada una de sus preguntas -como he hecho hasta ahora- quizás sea el camino equivocado. Crecer no es tener más certezas, sino más dudas. Enseñarles a pensar y a preguntar es legitimar la reflexión, el debate, el cambio de opinión. Descartes tenía razón. Dudo, pienso, luego existo. Con su permiso, Señor René, me lo apropio: "Dudo, pienso, soy mamá.