Los nietos: la mejor gimnasia

Es miércoles. Salgo del taller de clown a las 22:10. Me pongo el gorro, la bufanda y los guantes. Agarro mi bici y emprendo el retorno a casa. Mientras pedaleo pienso en mi pequeña bebé. ¿Qué estará haciendo con sus abuelos?

Por Florencia para Baby Dove

Es miércoles. Salgo del taller de clown a las 22:10. Me pongo el gorro, la bufanda y los guantes. Agarro mi bici y emprendo el retorno a casa. Mientras pedaleo pienso en mi pequeña bebé. ¿Qué estará haciendo con sus abuelos? Pienso en su risa invadiendo cada rincón de la casa, en sus gestos tan cómicos, en sus gritos exaltados llenos de alegría, en su sonrisa al despertar en la mañana o después de cada siesta, en su mirada cómplice cuando levanta la vista y ve que estoy ahí, cerquita de ella.

Ahora me bajo de la bici y entro a casa. Solo pienso en ver de nuevo la sonrisa de Alma y escuchar el gritito que pega al verme. Toco la puerta de la cabaña de lo tatas (vivimos al lado). Nadie me atiende. Toco una vez más, pero nada cambia.

Me dirijo hacia la ventana del cuarto porque me doy cuenta de que en el living no están. A medida que voy acercándome escucho una sinfonía de risas. Son la Nana, el Tata y la pequeña Alma. Me saco el gorro de la cabeza y, sigilosamente, me detengo con mi frente contra el vidrio y cierro los ojos. Un "gracias Universo" atraviesa mi mente, me recorre el cuerpo -y el alma- y se exterioriza en una sonrisa.

Después de unos minutos de escuchar el jolgorio, toco la ventana y ahí sí me escuchan. El Tata Rúben abre la puerta. Cuando entro a la habitación está ella: mi pequeño buda en brazos de su Nana Ana María riéndose, como siempre.

Ya es tarde y sus ojos achinados piden cerrarse para descansar. Nos despedimos de ellos y nos vamos a casa.

Es una inmensa tranquilidad saber que ella pasa tan lindo cuando uno no está. Los tatas, al vivir al lado, son los que más la cuidan cuando tenemos que salir de casa. Día a día consolidan más el vínculo con ella y, como papás con Lolo, nos sentimos felices de que así sea. También con mis papás ese amor incondicional se va gestando y es muy precioso.

Por experiencia propia - como nieta-, los abuelos presentes dejan marcas imborrables en la vida de sus nietos. Sin duda, son unas de las primeras figuras de apego.

Es que son una fábrica de mimos y juegos. Pero también de enseñanzas. Son un eslabón muy importante en la formación de la cadena de valores de los niños. Paciencia, alegría, respeto, dulzura, suavidad y diversión.

Yo, que conviví con mi abuela materna desde pequeña, puedo garantizar que esas palabras son solo una porción de lo que hace a la relación con nuestros antecesores. El amor incondicional es el efecto, la consecuencia, de un proceso que se construye desde que nacen.

Y para ellos, ahora lo puedo ver con mis padres y mis suegros, los nietos son una bocanada de aire fresco en sus vidas. Son la renovación de la energía en la casa. Son la mejor gimnasia.