Madres espejo

A las 16:50 horas de un sábado otoñal llego al lugar, una casa con ventanales enormes en La Barra (Maldonado). Me recibe una huerta llena de vida. Me atrevo a caminar por el pasillo que me conduce a la puerta de entrada.

Por Florencia para Baby Dove

A las 16:50 horas de un sábado otoñal llego al lugar, una casa con ventanales enormes en La Barra (Maldonado). Me recibe una huerta llena de vida. Me atrevo a caminar por el pasillo que me conduce a la puerta de entrada. Un perro gris de ojos verde oliva me mira con tranquilidad. Le pido permiso y entro.

El calor de la estufa me abraza. Al igual que las miradas de las organizadoras de esta ronda de madres, ambas doulas -brindan apoyo emocional a la familia en el embarazo, parto y post parto- y mamás -entre otras facetas-, que me reciben con una sonrisa serena.

Me acerco al centro del espacio donde hay colchonetas formando un círculo. Veo algunos instrumentos musicales. En una de las esquinas del lugar, unos termos con té y una bandeja con frutas de estación reposan sobre una mesa ratona.

Ya hay algunas madres sentadas, las saludo, me presento. Y luego me siento. Esperamos un ratito. Llegan las otras mujeres que faltaban.

A la única que conozco es a una de las que guían la actividad, a Cami. Esta actividad que, por cierto, aún no sé bien de qué se trata. Pero ante la invitación de ella, sentí que me iba a hacer bien.

"Es un encuentro entre madres, la idea es tender redes, generar empatía, en fin, sentirse acompañadas". Algo así me dijo y, al tiempo, sentí que lo necesitaba.

Y no me equivoqué. Desde ese primer encuentro, me sentí más aliviada. Sí, más aliviada sería la palabra. Porque ser mamá - en mi caso, de dos- es intenso. Es cansador. Y uno aprende. Aprende todo el tiempo porque hay un ser -o varios- que, por ahora, dependen de un adulto. Porque uno quiere darles lo mejor y, a veces, el cansancio le juega en contra. Pero, sobre todo, aprende a quererse más, a aceptar que sola no se puede, que es normal sentirse agotada.

Con Lolo hablamos mucho de esto. Él me contiene cada vez que siento que no soy lo suficientemente buena para Alma y Azul. Cada vez que el cansancio me abraza, él está ahí con un abrazo más fuerte. Siempre. Y juntos salimos adelante. Dialogando, comprendiendo, poniéndonos en el lugar del otro, contemplando la pureza de nuestras hijas. Ahí todo se torna nítido, calmo otra vez. Son momentos pasajeros, pero existen y me atrevería a decir que es inevitable. A todos nos pasa.

Siento que los padres no tenemos límites. Es como que vamos atravesando fronteras y conociendo lugares que nunca habíamos imaginado estar. ¡Parir! Cambiar pañales, dar la teta, alimentar al bebé. Hacerlo dormir, entender y satisfacer sus necesidades según el llanto, bañarlo, abrigarlo, construir un vínculo sano. Es decir, cuidarlo y brindar amor, ese amor que tanto necesita.

Somos conquistadores. Y, a veces, el tiempo pasa tan rápido envuelto en la cotidianeidad que ni nos damos cuenta.

Todo esto lo reafirmo desde aquel primer "círculo de madres".

La primera, la segunda y todas las rondas en las que he participado me obligan a amarme más y a amar a los otros seres. En la ronda reímos, lloramos, cantamos, meditamos, compartimos experiencias, miedos, preocupaciones, logros, reflexiones. Nos vemos al desnudo como seres -madres- presentes y eso genera una afinidad muy fuerte.

Somos cómplices de angustias y alegrías. Pero nunca de fracasos. Porque todo nos lleva a lo mismo: hacemos lo mejor que podemos. A veces la pifiamos pero cada segundo es una nueva oportunidad de hacerlo de otra forma.

La perfección existe. Y son ellos. Nuestros hijos. Esos individuos que, desde tan pequeños, nos enseñan a querer de la forma más Incondicional. Gracias a ellos podemos vernos a nosotros mismos, en el día a día. Descubrirnos en nuevas tareas, en nuevas emociones y sentires.

Y en este espacio que encontré para mí -y que no lo suelto más- me descubro en ellas, mujeres reales, madres preciosas tan diferentes y tan iguales. Encontrar estos momentos de conciencia plena repercute en uno y en nuestras familias, y me confirma que, más allá de las infinitas formas, ellas son mi espejo. Me reflejan y las reflejo.