Parir de amor II

Azul nació el 10 de marzo a las 7:02 de la mañana. Lo primero, segundo y tercero que hizo fue llorar. Sus lágrimas se secaron en mi pecho mientras mi corazón latía de tanto nuevo amor.

Por Florencia para BabyDove

Azul nació el 10 de marzo a las 7:02 de la mañana. Lo primero, segundo y tercero que hizo fue llorar. Sus lágrimas se secaron en mi pecho mientras mi corazón latía de tanto nuevo amor.

Esta vez, a diferencia de cuando nació Alma, no lloré cuando ella se posó en mi pecho. Solamente la abracé contra mí y pude sentir nuestros corazones unidos. Pude contemplar con más tranquilidad la esencia de su ser desnudo. "Hermosa, eres hermosa, mi bebé, te amo". Eso le decía, con un nudo de alegría en la garganta, con Lolo abrazándonos, conteniéndonos, amándonos a ambas con sus ojos de bonachón.

Detrás del tapaboca, la ginecóloga nos regaló una sonrisa y un "gracias, fue un parto hermoso". Ella estuvo también en el parto de Alma y nos acompañó en los dos embarazos. Es un ser especial, una especie en extinción en la medicina contemporánea.

Antes de retirarnos de la sala, vino la partera y me abrazó fuerte, muy fuerte. Y yo también a ella. "Sos la uno, flaca", me dijo al oído. Nos miramos y nos reímos.

Nos sacamos una foto con ambas. Y luego partimos a la sala de post parto. Felices. Plenos. Llenos de vida.

Ya instalados, en el silencio de la sala, nos abrazamos los tres y ahí, ni antes ni después, aparecieron las lágrimas que me hicieron caer en la cuenta de que este nuevo ser ya llegó y nos regaló sus ganas de vivir y de compartir. Gracias Universo, pensé.

Esta historia intrahospitalaria comienza a las 2 de la mañana. A esa hora, cerramos la puerta de casa escuchando la voz de Alma, la hermana mayor de un año y cinco meses, diciéndole a su tía "papá, mamá". Una mezcla de sentimientos me envolvió al oírla. Abandonamos nuestro hogar en busca de la nueva integrante. Ya no seríamos tres sino cuatro. En mis ojos aparecen un par de lágrimas que quedan ahí, sutiles, desparramadas sobre mis pupilas.

Me siento tranquila. Aunque un poco dolorida. Las contracciones no son muy fuertes pero vienen cada seis minutos.

Llegamos al sanatorio. Recién estoy con tres de dilatación, pero la partera nos recomienda quedarnos ya que al ser mi segundo parto podría ser que todo el proceso sucediera más rápido.

Estamos instalados en la sala, yo estrenando el camisón y las pantuflas. A la media hora de haberla llamado, aparece la ginecóloga.

Entre contracción y contracción charlamos. Me animo a preguntarle sobre su profesión, el diálogo es ameno y me ayuda a no estar pensando en el dolor que se agudiza a medida que corren las agujas del reloj.

Me cuenta que su hija empezó la facultad de Medicina hace una semana, de todo lo que implica mudarse a Montevideo, no solo a nivel material, sino también emocional. Con Lolo le decimos que pasamos por lo mismo, que entendemos todo ese proceso y que es precioso porque te hace madurar.

Después de varias contracciones, le pregunto qué se siente en el momento en que el bebé sale del útero. "Tu sos la primera que lo ve, ¿qué se siente?".

Ella me sonríe, con esa calma que la caracteriza, y me dice que a pesar de los años, cada parto la sigue emocionando. Porque no hay uno igual, todos son especiales.

De a ratos, me siento mal del estómago, mi cuerpo no cesa de temblar hasta que me pasan un suerito glucosado y logro reponerme.

Al sentirme más animada, me dispongo a caminar. Codo a codo, con Lolo caminamos por los pasillos del sanatorio. Las contracciones son cada vez más fuertes y cuando llegan me afirmo sobre sus brazos. Respiro, trato de estar flojita y no permito que el dolor se apodere de mi mente pensando en que es pasajero. Son unos segundos y de a poco se va alejando.

Tengo seis de dilatación. Con mi gran compañero de ruta tratamos de estar presentes, conscientes de que estas aventuras no se viven muy seguido. Él me acompaña de manera perfecta, con su serenidad y su paciencia. Y yo estoy tranquila porque siento su cercanía y su amor latiendo a mi lado.

Decido entrar a la ducha. Me siento sobre la pelota de pilates y Lolo agarra el duchero y me tira agua calentita sobre la zona lumbar. Entro, al igual que en el pre parto de Alma, en un estado de relajación que colabora en minimizar el dolor.

Al rato, retomo la caminata. El dolor es más fuerte y más constante. La partera me aconseja que, cuando venga una contracción, haga movimientos circulares con las caderas para fomentar la dilatación. Admito que me cuesta mucho pero lo hago igual

Con ocho de dilatación, deciden llevarme a la sala de parto. Ya el dolor se apodera de mí pero mantengo la calma, comienzan las ganas de pujar, el tiempo se hace eterno y Azul pide para salir y admito que yo también ya quiero que salga.

Al llegar a la sala, las contracciones son muy fuertes. Me siento en la camilla y a los minutos, los pujes dicen presente con mucha intensidad y frecuencia. Me dejo llevar por esa fuerza arrolladora que invade mi cuerpo, pierdo la dimensión de tiempo y espacio. Siento mis latidos fuertes y poderosos, confío en ese instinto, me entrego por una, dos veces. Siento mi cuerpo abrirse, intento visualizar el canal de parto y cómo Azul emprende el viaje hacia el mundo extra-uterino.

Al tercer puje, su cuerpo logra salir por completo. Lo siento perfectamente. A los segundos, su llanto invade la habitación.

El dolor le da paso al encuentro con el nuevo amor de mi vida. Lolo está ahí, siendo coprotagonista de esta maravilla. El reloj marca las 7:02 de la mañana. El comienzo de esta vida llamada Azul marca un hito en la línea del tiempo familiar. Mi cuerpo ya no será el mismo, ella dejó sus primeras huellas en lo más profundo de mi ser y yo le agradezco eternamente, porque gracias a ella pude parir de amor, por segunda vez.