Vamos de paseo

Desde algunos meses antes que naciera Luisa teníamos un viaje planificado para hacer con mi padre y su compañera, y mi hermano y la suya. La idea era conocer los siete una zona del norte argentino. Hace un par de semanas eso pasó, aunque no como lo habíamos planificado.

Por Federico Petersen para Baby Dove

Desde algunos meses antes que naciera Luisa teníamos un viaje planificado para hacer con mi padre y su compañera, y mi hermano y la suya.
La idea era conocer los siete una zona del norte argentino; la que se extiende entre las ciudades de Salta y Jujuy y sus alrededores. Recorrer las rutas entre las montañas, los paisajes áridos y desérticos de mil colores de tamaños imponentes, los millones de cactus por metro cuadrado que aparecen de la nada, sin avisar, tan solo minutos después de atravesar cientos de curvas sinuosas que se abren paso entre ramas y árboles en las yungas húmedas.
Hace un par de semanas eso pasó, aunque no como lo habíamos planificado porque ya sabemos lo que pasa con los planes; como decía Tyson: "todos tenemos un plan hasta que recibimos una piña en la boca".
Del plan y plantel inicial se bajaron, hace algunas semanas, mi hermano y su esposa porque ella ya está como de 30 semanas de embarazo y el tipo de viaje que íbamos a hacer no era el mejor para que pudiera hacerlo cómoda y disfrutándolo. Es que estar embarazada no estaba en sus planes cuando propusimos el viaje.
Así fue que el sábado 7 de octubre salió la delegación reducida, de 7 a 5 integrantes, rumbo al aeropuerto de Carrasco. Fiel al estilo de mi padre (y mío: lo que se hereda no se roba) estábamos frente al mostrador de check in un buen rato antes del indicado. Aprovechamos para cambiar a Luisa, que no habíamos podido hacerlo en casa porque había dormido hasta último momento.
Y cuando finalmente llegamos al mostrador vino la primera piña: no teníamos la partida de nacimiento de Luisa.
Hicimos todos los intentos y ruegos porque nos dejaran viajar igual, pero fue imposible; y de última y más allá de la calentura, tenían razón. No entendemos cómo se nos pasó, pero se nos pasó y a llorar al cuartito.
Así fue que nuestras vacaciones empezaron con los integrantes de la delegación "abuelos de Luisa" volando hacia Salta y la sección "padres de Luisa y Luisa", en un taxi rumbo a casa. "Qué paseo raro", habrá pensado Luisa; pero en ningún momento dejó de sonreír y ponerle onda, como hace con todo, todos los días.
Lo primero que hicimos al llegar a casa fue sacar hora para obtener la partida de nacimiento el lunes a la mañana y cambiar los pasajes para el lunes a la tarde. De todas maneras, las vacaciones (particularmente las mías) ya habían empezado y no estábamos dispuestos a pasar mal ni un segundo más.
Así fue que el fin de semana nos pasamos paseando y disfrutando del lindo clima que hizo, del Club del Pan, del Parque Rodó, del Día de la música y de encuentros con amigos. Nada muy diferente a cualquier fin de semana, pero estar en modo "vacaciones" le da otro gustito a la cosa.
El lunes finalmente salimos rumbo a Salta, y lo logramos: a las 8 pm, apróximadamente, aterrizamos y ya nos estaban esperando papá y Marbis; de ahí nos fuimos a una finca donde pasamos la primera noche, para luego seguir recorriendo paisajes y lugares alucinantes como la Cuesta del Obispo rumbo a Cachi, San Lorenzo del Valle (con clasificación de Uruguay al mundial incluida, escuchándolo por la radio por internet), Purmamarca, Tilcara, Maimara, Humahuaca, Salinas Grandes y los cientos de pueblitos que nos cruzamos por el camino además del camino mismo, que es parte crucial del paseo porque es espectacular.
Las montañas son impresionantes: gigantescas, absolutas, tan quietas y a la vez en constante movimiento que las ves y te emocionan, te dejan sin aliento y te hacen valorar el rato que te toca estar acá.
A todo esto, Luisa a las risas todo el tiempo. Camas nuevas, ruidos nuevos (o silencios absolutos nuevos, mejor dicho), caras nuevas, horarios nuevos, comidas al paso (nuevas) y cambiadas de pañales a más de 4.000 metros de altura, cambios de temperatura, sol y noche, tierra y polvo, baños en piletas de baños... y Luisa siempre a las risas.
Apenas si lloró un ratito el día que volvíamos, luego de pasar 4 horas de auto, 2 de aeropuerto, 2 de vuelo, 3 más de aeropuerto y finalmente puente aéreo. Tenía hambre y sueño, estaba podrida.
Cuando llegamos a casa lo primero que hizo fue reírse a carcajadas al reencontrarse con su mono de peluche preferido, se tomó una mema gigante que le descongelamos y se durmió.
Y ahí, durmiendo, en casa, impresionante y gigantesca, absoluta, tan quieta y a la vez en constante movimiento la vi y me emocioné, me dejó sin aliento y me hizo (otra vez) valorar el rato que me toca estar acá.