Y ahora, ¿qué hacemos?

Si me pongo a pensar cuáles serán los motivos por los cuales guardo un recuerdo tan fuerte y tan lleno de amor de mi abuela seguro son muchísimos.

Por Federico Petersen para BabyDove

Si me pongo a pensar cuáles serán los motivos por los cuales guardo un recuerdo tan fuerte y tan lleno de amor de mi abuela seguro son muchísimos; pero uno de los más importantes tiene que ser, sin dudas, la cantidad de veces que, de niño, me quedé a dormir en su casa.

Ya fuera solo, con mi hermano o con mis primos, durante varios años (al menos así lo recuerdo yo) todos los sábados del año, o casi todos, mi abuela me pasaba a buscar por casa, hacíamos algún paseo, comprábamos cosas ricas para comer, alquilábamos un par de películas (puedo aún hoy recitar parlamentos enteros de "Lucky Seven", "Los goonies", "Los bici voladores" o "Héroes") y nos íbamos a su casa a pasarla bomba.

Comíamos, charlábamos, jugábamos a la conga o al rummy-canasta o al ajedrez, mirábamos su colección de sellos o monedas, escuchábamos discos, miraba mis películas, leía algunos de los tantos libros de su biblioteca; fuera lo que fuera que hiciera o hiciéramos, la sensación siempre era la misma: quería volver desde el momento que me iba.

Como decía al principio, estoy seguro que estas noches fueron cruciales para desarrollar el vínculo y el cariño que me unió (y une) tan fuertemente con mi abuela.

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Era sábado, a las 19:15 hs, y no sabíamos qué hacer.

A esa hora llegamos a casa de dejar a Luisa en lo de mi madre con todo lo necesario para que pasara la noche con ella: pañales, toallitas, pijama, frutas, comida, leche, chupetes, muñecos y todo lo necesario para que por primera vez se quedara a dormir en su casa.

Había habido, pocos días antes, un ensayo quedándose en lo de mi padre y había salido muy bien, entonces decidimos intentarlo otra vez.

"Va a estar todo bien" nos dijo mi madre (y nos convencimos todos) y, si bien sabíamos que sí, que no iba a pasar nada "malo" o "grave", un poquito de nervio siempre queda igual.

Y ahí estábamos, de golpe, en casa; por primera vez en mucho tiempo: solos. "¿Qué hacemos?", pensamos para nuestros adentros y exteriores. "¿Qué se hace con tanto "tiempo libre"?, era la pregunta que flotaba en el aire.

Las opciones eran básicamente dos: acostarse a dormir a pata suelta, sin interrupciones, todo lo posible con la explícita intención de, al otro día, sentir una cantidad de energía inusitada; o hacer "algo".

Qué podía ser ese "algo" era todo un tema porque, entre otras cosas, hacía como dos años que no salíamos, entonces no estábamos seguros de qué cosas habría para "hacer".

Optamos por el segundo camino, por el de hacer algo. Y ese "algo" sería hacer las cosas que más extrañábamos de nuestra vida pre-Luisa.

Así, a las 20hs., estábamos sentados en nuestra mesa preferida de nuestro lugar preferido (Candy Bar) para comer nuestra tortilla de papas preferida (es cierto que esto ya lo habíamos hecho CON Luisa, pero no solos, desde su existencia).

A las 21hs., estábamos entrando a ver una obra de teatro ("La Chancha", háganse el favor y vayan a verla en el teatro independiente El Almacén).

A las 23hs., casi, estábamos en MBH disfrutando nuestra cerveza preferida (Dry Stout, por favor...) y a las 24:00, casi, estábamos en casa... cansados de tanta actividad.

Disfrutamos un montón, pero siempre con un ojo en el teléfono por cualquier cosa que pudiera pasar. Pero no pasó nada; los mensajes que llegaban eran todos buenos, que Luisa había comido, que Luisa había tomado la mema, que habían jugado, que se había acostado y se había dormido.

Y entonces nos acostamos a dormir nosotros también, sabiendo que podía llegar a sonar el teléfono en medio de la noche.

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A las 9:30 del domingo abrí un ojo; por las mías, porque yo quise o había dormido lo suficiente, no por un llanto o una patada en las costillas o un "holaaa" y un beso en la cara.

Miro al costado y veo que Nani ya estaba despierta y le pregunto (no sé si lo dije o lo expresé con las cejas) si había pasado algo con Luisa y mi madre. Ella me hizo entender que "todo bien" y fue una sensación genial.

La "libertad" de la noche anterior y el descanso de ese domingo a la mañana se sentían muy bien. El hecho de que Luisa y mi madre habían pasado bien, se sentía muy bien. Y el hecho de que Luisa empezase a construir vínculos tan importantes para su vida, como lo son los vínculos con las abuelas y los abuelos, se sintió, también, fantástico.

Ahora que este experimento salió bien, habrá que repetirlo y profundizarlo. Paralelamente tendremos que actualizarnos un poco con respecto a las cosas que hay para hacer un sábado a la noche.

Aunque no tengo NINGÚN problema con repetir el plan del sábado pasado.