Ser madre es una experiencia única e intransferible. De los retos mayores que nos presenta la vida. Eso no quiere decir que todo el tiempo estemos contentas o felices.

Ser madre es una experiencia única e intransferible. De los retos mayores que nos presenta la vida. Eso no quiere decir que todo el tiempo estemos contentas o felices. Sobre todo en los primeros meses, donde afloran todos nuestros miedos e incertidumbres, además de enfrentarnos a un gran cambio de vida con respecto a la rutina. Ese bebé que soñamos por momentos puede ser una fuente de amor… pero también motivo de peleas o roces, descuidos en la pareja, en las amistades, en nuestro trabajo, en nosotras mismas…

Todo aquello que creíamos que iba a ser un idilio casi permanente, se transforma de a ratos en una situación que nos tiene desoladas y sin saber cuánto va a durar. En esos momentos cuesta dimensionar realmente la situación. El cansancio se apodera de nuestro ser y empezamos a ver de manera distorsionada la maternidad.

Las madres primerizas traen mucha idealización sobre lo que será esa nueva vida con el bebé. Y la traen justamente por la falta de experiencia y las expectativas de lo que ellas soñaron. Cuando se enfrentan a la realidad es frecuente que por momentos se sientan desencantadas y desbordadas. Pasan de la idealización de la maternidad al otro extremo, donde ninguno de los dos es real.

Muchas veces suelen decir que nadie les avisó que iba a ser así la maternidad. Que iban a pasar tanto trabajo, que iban a estar agotadas y de mal humor con frecuencia. Que no iban a dormir muchas noches y que aún estando exhaustas iban a levantarse cada vez que sus hijos la necesitaran. Que iban a discutir con sus parejas, con su familia o que por momentos las iba a invadir una sensación de tristeza. ¡Que les iba a cambiar tanto el cuerpo y la vida! Es probable que les hayan dicho que iban a sentir el amor más grande de su vida y que era fantástico. Pero esto otro brilló por su ausencia…

Seguramente te preguntás ante esto, ¿qué es lo que está mal?

Justamente no hay nada que esté mal, sino que el problema radica en las expectativas previas que te habías hecho y lo que luego es la realidad. Si podemos dejar esas expectativas ideales que traíamos y fluimos más acorde a cómo van rodando las cosas, seguramente las frustraciones sean menores.

Este es el principal factor que lleva a la desilusión. La confrontación con lo no esperado y fantaseado con lo real. El “debería ser” con lo que “es”. Mientras más pronto liberes de tu mente “lo que debe de ser” y aceptes las cosas como son, menos te angustiarás. Eso no solo en los primeros años de vida, sino en toda su crianza. Si bien vas adaptándote cada vez más a la realidad, igualmente es inevitable depositar ciertas expectativas idealistas sobre tu hijo.

En otras palabras: tú piensas que tus hijos van a ser de una forma (porque así los soñaste, porque así los criaste, porque así “debería ser”) pero existe la gran posibilidad de que tus hijos sean diferentes y la razón por la que son así es muy simple: son individuos, son otra persona, no son tú. Son ellos.

Te enfrentás nuevamente a que la realidad te devuelve lo que no leíste, lo que no pensaste, lo que no te dijeron… de nuevo: “lo que debería ser”.

¿Ejemplos?

  • Querías un parto natural y acabaste teniendo cesárea.
  • Querías manejar el dolor y acabaste pidiendo a gritos la epidural.
  • Querías amamantar exclusivamente pero no lo lograste.
  • Querías arrullar a tu hijo todas las noches de tu vida pero te agotaste.
  • Querías ser la mujer más feliz del mundo pero tuviste depresión posparto.
  • Prometiste dejar de trabajar para estar con tu bebé pero hizo falta el dinero.
  • Prometiste dejar de trabajar para estar con tu bebé pero extrañaste el trabajo.
  • Cuando estuvo en edad escolar querías que fuera un muy buen alumno y resultó ser desconcentrado o hiperactivo y te llamaron de la escuela. 
  • Hubieses querido que fuera médico o “X” profesión y no quiso hacer una carrera. 
  • Y así sucesivamente con todos los ideales que no fueron dándose como los creías en un principio. 

Pero nada de esto debe ser un problema. Seguramente si mirás cada ejemplo, ninguno cambia lo esencial del vínculo con tu hijo. Siempre estás haciendo lo mejor que puedes. Y eso alcanza, generalmente es suficiente. Y si sientes que en algún momento no alcanza, está muy bien pedir ayuda, eso no te hace “mala madre” ni mucho menos. Todas las personas tenemos limitaciones de algún tipo y es muy sano aceptarlas.

Lo primero es liberarnos de esas expectativas irreales y luego disfrutar de cómo se va dando esa experiencia en la que nuestro rol es ayudar en el proceso de crecimiento. Aceptar que vamos a cometer errores y ellos también. Que no tenemos que ser perfectas porque eso no existe. Alcanza con saber dar suficiente amor y delimitar la “ruta” por donde ellos deben transitar.

¿Qué implica esto? Poner los límites que consideremos necesarios para que puedan crecer. Es como poner un tutor a una planta. Lo necesitan para no doblarse, para crecer de forma sana. Siempre tener en cuenta que no vinieron al mundo a cumplir nuestras expectativas sino las propias. Cuando podemos visualizar eso los dejamos ser, sin transferirles que sean lo que nosotros hubiésemos querido o que cumplan las posibles frustraciones nuestras.

A partir de esta concientización hay muchos menos “debería” y muchos mas “dejarnos maravillar” con el rumbo que están tomando como personas a medida que van creciendo. Nos sorprendemos con sus propios gustos o aficiones, con su facilidad o debilidad para determinadas tareas, con sus propios ideales y proyectos. Con esa otra vida que trajimos al mundo y que ya es parte activa de él.

Cuando miramos para atrás, vemos muy en el olvido ese trabajo que nos daban cuando recién nacieron, esas noches sin dormir o ese mal humor. Queda la cantidad de experiencias vividas y cuánto nos enriqueció la vida. Cuando vemos el resultado de nuestra labor después de pasados los años, nos sentimos con la sensación de haber cumplido la mejor de todas las tareas que se nos podían encomendar: la de criar.

Por eso, difícilmente alguna madre advierta a otra sobre las dificultades de los primeros tiempos o del primer bebé. ¡Porque sencillamente se olvidan! El secreto está en tomar las cosas con más calma y no desbordarse. Tener en cuenta que todas las madres pasamos por estas cosas ¡y por algo muchas repiten la experiencia!

Cada etapa de la vida de ese hijo no vuelve y hay que tratar de disfrutarla al máximo (a pesar del cansancio y otros avatares que surjan). Siempre van a haber cosas que van a compensar ampliamente todo ese trabajo. Creeme que luego vas a extrañar muchos de los momentos vividos. Cuando pase el tiempo y mires en retrospectiva, vas a pensar que todo valió la pena ¡y que volverías a repetirlo!

Por Ps. Silvia Cardozo
Terapeuta Cognitivo Conductual
Email: ensil@adinet.com.uy

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