El Sr. Gabriel García Márquez dijo en su artículo "La poesía al alcance de los niños", que uno de sus seres “inolvidables”, había sido la maestra de Jardinera que le enseñó a leer a los cinco años. “Fue ella quien nos leía en clases los primeros poemas que me pudrieron el seso para siempre”.

Yo creo que nuestros niños están por suerte dentro de esa región, con su alegría, su inocencia, su curiosidad, su rebeldía. Es entonces una región en la que los adultos: padres y docentes tenemos mucho por hacer, justamente por su característica de inconquistada; de nosotros depende el ensanchamiento o el angostamiento de la misma. Sólo que es difícil, afirma a su vez G. Montes, ayudar a ensanchar esa región en los niños cuando la propia está achicada, cuando solemos poner los cuentos exclusivamente al servicio de exigencias exteriores como programas caducos, mercado de consumo, etc., o cuando los “usamos” simplemente para completar una jornada de trabajo.

Sin embargo, por suerte siempre hay momentos de reflexión cómo éste y son estos momentos los que nos hacen llegar a la conclusión de que es en esa región donde no tenemos más remedio que instalarnos junto con los niños. En mi opinión los cuentos, los poemas, los chistes, las adivinanzas, también habitan esa región porque es en el único sitio donde se les permite hacer soñar, vibrar, emocionar y porque sólo allí no deben obedecer órdenes ni reglas preestablecidas. En definitiva sólo sirven para eso: ensanchar la frontera de la región inconquistada.

La literatura forma parte esencial en el mundo del niño: hace soñar, deleitarse, arribar a conclusiones, e ir placenteramente identificándose con su propia lengua, el arma más importante en la comunicación de los seres humanos.

El niño y la adquisición del conocimiento

 ¿Podemos suponer que este sujeto cognoscente está presente también en el aprendizaje de la lengua escrita? Pienso que la hipótesis es válida ya que resulta difícil imaginar que un niño de cuatro o cinco años que crece en un ambiente en el cual va a encontrar necesariamente textos escritos por doquier (en sus juguetes, en carteles publicitarios, cuando un adulto les lee un cuento, cuando en su hogar se recibe una carta, cuando manipulea libros de sus hermanos mayores, etc.), no se hace ninguna idea acerca de ese “objeto cultural” hasta tener seis años y una maestra adelante.

Carlos Liscano se refirió a la incorporación o adquisición del conocimiento de un individuo al apropiarse del uso de la palabra. “El poder y la libertad, en sentido de dominio del mundo en que se vive, requieren un manejo hábil del modesto material propiedad común a todos que es la palabra”.

 El libro y los niños más pequeños

 Es verdad que muchas veces escuchamos en casa de amigos o familiares donde hay niños pequeños comentarios como:

  • “ dale un libro con muchos dibujitos a Danilo para que se entretenga y no moleste por un buen rato”.
  • “cualquier libro que les des es lo mismo, igual no entienden nada “.
  • “mientras no entren a 1ero. le compramos cualquier libro, total todavía no saben leer”.

 
Ya lo decía Silvia Castrillón en su artículo: “El libro en el preescolar”: “ La poca importancia que se le da al libro para los más pequeños obedece también al concepto de lectura que desafortunadamente sigue imperando y que confunde al acto de la lectura con el desciframiento de los signos gráficos“. Desde esta perspectiva, el supuesto básico es que basta con conocer las letras y los fonemas correspondientes para acceder a la lectura. La creencia generalizada era que la comprensión se alcanzaría sólo después de logrado el dominio de la habilidad para decodificar los signos escritos. Por eso la escuela otorgó un énfasis algo menor a la enseñanza de la comprensión.

La lectura así concebida es un proceso que se da desde el texto hacia el lector, es algo externo a éste, algo que el sujeto recibe. Además otra idea subyacente a esta concepción es que el sujeto cognoscente es un ser pasivo y como tal es receptor de todo lo que los demás: maestros, padres, etc., han decidido depositar en él.

Sin embargo uno de los grandes descubrimientos fue el de poner de manifiesto que el crecimiento intelectual no consiste en una adición de conocimientos provenientes del exterior, sino en grandes períodos de reestructuración, que cambian de naturaleza al entrar en un nuevo sistema de relaciones.

Entre esta concepción de lectura y la anterior existe un abismo.

Más adelante la misma autora toma un nuevo término: “Transacción”, en vez de: “Interacción”, al definir el concepto de lectura , donde lector y texto ya no son dos entidades separadas, sino que ambos son partes de un evento total: LA LECTURA.

Ya que el significado no reside ni en el texto ni el lector, sino que sucede durante la transacción ente lector y texto, surge la pregunta: ¿Qué responsabilidad tenemos los adultos respecto a este tema? Tenemos a nuestro cargo la formación de nuestros niños, no sólo en la iniciación a la lectura sino también en la comprensión de ésta, pero también, si es que queremos formar futuros lectores, se trata de aventurarnos junto con los niños en el disfrute de la misma, descubriendo junto con ellos el “placer” de meternos en las páginas de un libro de cuentos, de ciencias, de adivinanzas, de canciones, etc.

¿Cómo lo hacemos? Es la pregunta que siempre está ahí, latente, o en todo caso, ¿estará bien lo que estoy haciendo? Creo que la respuesta ya está dada en la pregunta misma, ya que si somos capaces de cuestionarnos sobre el sentido de lo que estamos haciendo, estamos pisando firme, y eso es como volver a empezar todos los días. Y si además, lo que hacemos, lo hacemos con cuidado, con goce, no cabe duda que vamos bien rumbeados. 

Aquí te presentamos una divertida adivinanza para que puedas proponérsela a tu niño:

TENGO HOJAS

SIN SER ARBOL.

TE HABLO

SIN TENER VOZ.

SI ME ABRES 

NO ME QUEJO,

ADIVINAME:

¿QUIÉN SOY?

(el libro) 

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