Cuando escucho esta frase, al comienzo o en el transcurso de una consulta, se produce en mí una sensación de luz roja.

Quizás esta afirmación provoque reacciones airadas, pues el ser amigo de los hijos parece ser, a priori, algo bueno, positivo; traduciría la capacidad de acordar soluciones, sin necesidad de acudir a la autoridad. Nada más lejos de ello.

La familia es una organización social, que presenta una estructura jerárquica, en su mismo núcleo, para poder cumplir su función. ¿Cuál es su función? Educar, dar a los hijos las herramientas que les permitan, con el correr del tiempo, independizarse y ser capaces de valerse por sí mismos. Y esto ahora con el agravante de que deberán hacerlo en un mundo que podrá ser como el que ahora conocemos, o no. Lejos quedó aquel tiempo de seguridades de nuestros padres, de los que ahora andamos por arriba de los cincuenta años.

Los padres de los niños y adolescentes de hoy no tienen esa seguridad: deben educar y formar seres independientes, capaces de pensar, evaluar situaciones y tomar decisiones, en un mundo que no conocemos

Para ello es imprescindible que cada uno de nosotros asuma los roles que le corresponden en el entramado social en que nos desenvolvemos. Y eso incluye lo chico y lo grande: la familia, la escuela, el barrio, las organizaciones sociales. Hoy me voy a dedicar fundamentalmente a las dos primeras.

Cada una con sus roles y funciones, la familia y la escuela (entendida como institución educativa) serán los ámbitos en los que absorberá el niño o joven los conocimientos y los saberes, pero fundamentalmente, los valores y conceptos éticos, que le permitirán luego ser algo tan sencillo y tan difícil como UNA BUENA PERSONA.

Entonces, como buena estructura jerárquica, deben existir roles de autoridad, que estén claramente definidos. Y vemos en la realidad de todos los días, que hay muchos problemas con el tema de la autoridad. Quizás se deba a que durante mucho tiempo se afirmó que los niños debían ser dejados a su libre albedrío, para no provocar en ellos males psicológicos que los perseguirían para siempre. O que durante mucho tiempo la autoridad fue ejercida con despotismo, por la propia familia y luego desde el poder dictatorial. 

Pienso que también puede tratarse de la propia inseguridad de los padres, que no saben si lo que hacen está bien o está mal, dudan, se preguntan quizás demasiado, y cuando obtienen las respuestas ya es tarde, y no pueden ejercer esa autoridad que se cuestionan.

Desde el punto de vista legal es clara la estructura jerárquica de la que hablábamos: nuestro Código de la Niñez y la Adolescencia contempla los derechos de los niños, niñas y adolescentes, pero TAMBIÉN SUS OBLIGACIONES. Es en ese sentido un Código muy avanzado, pues es de sentido común que si queremos ir en sentido de la formación de ciudadanía de nuestros adolescentes, ésta se forma no sólo de derechos, sino también de deberes y obligaciones.

Los capítulos sobre derechos son bien conocidos por todos: el Capítulo II, de los Derechos de los Niños y Adolescentes; el Capítulo III, De los Deberes del Estado; Capítulo IV, De los Deberes de los Padres o Responsables.

Pero cuando llegamos al Capítulo V, De los Deberes de los Niños y Adolescentes, nadie tiene mucha idea: ¡ni los padres, ni los niños y adolescentes! Y en realidad no dice nada raro, ni nuevo, sino que pone en términos legales lo que dicta el simple sentido común.

El Artículo 17 dice que ”Todo niño y adolescente tiene el deber de mantener una actitud de respeto en la vida de relación familiar, educativa y social, así como de emplear sus energías físicas e intelectuales en la adquisición de conocimientos y desarrollo de sus habilidades y aptitudes.” Claro, habría que definir ”actitud de respeto”, pero no creo que sea tan difícil. Si miramos nuestro viejo y querido ”mataburros”, nos dice que respeto, proviene del latín respectus, atención, consideración. Una acepción hace referencia la veneración, y otra al miramiento, consideración, deferencia. Yo pondría el acento en el término ”consideración”, o sea, el considerar al otro, tenerlo en cuenta, saber que existe y que debo, justamente, considerarlo como persona, y tratarlo como tal.

Y con respecto a en qué deben emplear sus energías físicas e intelectuales, no queda duda… ¿o sí? En criollo, esa frase quiere decir que ¡tienen que estudiar! Así de sencillo, tienen que estudiar, formarse, adquirir conocimientos, desarrollar sus habilidades, sean estas cuales sean. Sin embargo, todos los días, todos los días, veo chicos y chicas que han abandonado los estudios, y cuando pregunto por qué, los padres me responden: ”Porque no quiere estudiar”. Y estamos hablando de jóvenes de catorce, quince años. 

Veamos esta situación a la luz de las obligaciones de los adolescentes, como estábamos comentando, y agreguemos que en el Capítulo IV, el Artículo 16, Inciso H, dice que los padres o responsables deben ”velar por la asistencia regular a los centros de estudio y participar en el proceso educativo.” ¿Qué pasa entonces? Si la ley lo dice explícitamente, el sentido común lo refrenda, y culturalmente todos estamos de acuerdo en que la formación y el conocimiento es lo que hace la diferencia: ¿Qué sucede que no podemos hacer algo tan sencillo como decirle a un joven de 14 o 15 años que DEBE estudiar? Creo que todo pasa por la duda, el temor de que eso no sea lo mejor para el joven. Pero sin duda, es mejor que concurra al centro educativo, que estudie lo que sea, que se forme en algo que lo ayude a ser autónomo, a que no haga nada. Parece de Perogrullo, ¿verdad? Pues no se imaginan la cantidad de veces que lo veo en la consulta. Claro, esto no aparece de golpe en la adolescencia, el respeto a la autoridad, el respeto por los límites, y la tolerancia a la espera, a que no todo lo que queremos lo podemos tener, son conceptos y valores que se van instrumentando en los niños, desde su nacimiento.

Veamos un ejemplo: si un niño de tres años no quiere ponerse ropa, y quiere salir desnudo a la calle un día de julio, con 5º de temperatura al solcito… ¿lo dejarían? No, ¿verdad? Lógicamente no. Pero sí le podrían decir que elija entre el buzo azul y el amarillo, o si quiere pantalón de lana o vaqueros. O sea, facilitar la capacidad de elegir, de acuerdo a la etapa vital que atraviesa el hijo. De la misma manera, no puede decidir a los 14 años que ya no va a estudiar. Puede decidir si va a ir al liceo, a una escuela técnica, a un instituto privado (si la situación familiar lo permite). Pero no quedarse en casa durmiendo.

Vemos también que los jóvenes hacen cosas que lindan con el delito, o están dentro de él francamente, con el consentimiento de los padres, o por lo menos, sin que sean capaces de modificar ese hecho. Ejemplo: conducir, fundamentalmente motos, antes de la edad legal, sin libreta y sin casco. ¡Y muchas veces son los propios padres quienes compran la moto! Y aquí ni siquiera hago referencia a los riesgos en cuanto a accidentes, solo me refiero a la situación de ilegalidad en la que actúan. Y no olvidemos que el Inciso D del Artículo 17 que ya citamos dice que los adolescentes deben ”respetar el orden jurídico”.

Estas situaciones confunden a los jóvenes, porque por un lado se les pide que cumplan las normas, y por otro, colaboramos con ellos para que no hagan. Por otra parte, no olvidemos que, como decíamos en el artículo anterior, los adultos cada vez somos más permisivos y les dificultamos más la transgresión, justamente porque no somos capaces de establecer ,LÍMITES CLAROS, PRECISOS, que también tengan consecuencias CLARAS cuando no se cumplen.

Esos mismos criterios de autoridad coherente deberían existir en los centros educativos. Allí es el maestro quien ocupa el vértice de la escala jerárquica, y es quien, dentro del aula, establece las reglas de convivencia en la misma. Por supuesto, ese maestro estará respaldado por la dirección de la escuela, y el ideal sería que también lo estuviera por los padres que eligieron ese centro para enviar a su hijo a recibir conocimiento y a desarrollar sus habilidades.

Lamentablemente, esto no es así siempre. Vemos día a día que los padres desautorizan a los maestros, y que muchas veces los maestros y los centros a los que pertenecen confunden las responsabilidades que les competen. Así, el criterio de límites no es claro, y los jóvenes no saben dónde están parados, y lógicamente optan por las soluciones más sencillas y las que les den menos trabajo, como hacemos todos en las mismas circunstancias.

No es fácil educar, ni niños, ni adolescentes… ni a veces adultos! Pero podemos intentarlo: la meta es formar adultos libres, verdad? Pero no hay libertad cierta sin la responsabilidad que conlleva ejercerla. Por lo tanto, podríamos, haciendo una simplificación casi peligrosa, decir que debemos establecer algunas normas. Estas normas deberían referir a cosas que consideremos realmente importantes: no gastar discusión, energía y autoridad en cosas sin importancia (no gastar pólvora en chimangos, decía mi abuela). Y algo fundamental: que los adultos se pongan de acuerdo. El sistema de ”el malo y el bueno”, solo da resultado en las películas policiales de mala calidad. En la vida familiar hay que ser coherente. Y quienes deben acordar son los padres. O sea, la madre y el padre, o quien haga sus veces, en la multiplicidad e infinita variedad que las familias tienen en este siglo XXI. 

Pero si hay padre y madre, deben ponerse de acuerdo, estén juntos o separados. Recuerden que padres serán para siempre, no importa desde dónde. Y que si se separaron, o se divorciaron, no lo hicieron de sus hijos. Y los chicos no deberían estar involucrados en el conflicto, tienen derecho a no estarlo, y los padres tienen la obligación mutua de facilitar la relación con el otro. Y esto también está en ese mismo Código que veíamos (y al que encontrarán un enlace al final del artículo). Allí se hace referencia a las necesidades afectivas del niño o adolescente estableciendo que ”El Juez deberá hacer saber a la parte incumplidora que el desatender las necesidades afectivas de los hijos puede dar lugar a la pérdida de la patria potestad y al delito previsto en el artículo 279 B. del Código Penal.”

Y creo que todos podemos estar de acuerdo en que las necesidades afectivas de los niños y adolescentes pasan por estar en contacto con padre y madre y con las familias de ambos, siempre que no existan causas graves en contra, hecho que habrá que probar. Y también pasan por moverse en un sistema de normas claras, que por supuesto no son inamovibles y que variarán en la medida que el joven crezca o se modifiquen los parámetros en que se pusieron. Y se tendrá en cuenta su opinión, por supuesto.

Por lo tanto, los adultos son quienes deben acordar previamente cuales serán los límites, y las normas a cumplir, para lo cual, en todas las áreas que sea posible, se acordará con los propios niños y jóvenes. No olviden tenderán, naturalmente, a aprovechar toda grieta, toda contradicción que se visualice en esos límites, a su favor. Y entonces habrá que empezar de nuevo. Y esto pasa por todas las actividades: empezando, cuando son pequeños, por el comer y el dormir. Y siguiendo luego, por las horas de estudio y de juego, de televisión y salidas, de computadora y chateo, de cyber y cumpleaños, de baile y salida a solas, uso del teléfono y del celular, compras y vestimenta, eventos familiares y toda otra actividad en la que haya que acordar.

Y esas normas no las puede poner un amigo o amiga. Somos los adultos quienes las establecemos. Quizá más tarde, cuando ese hijo es a su vez padre o madre, cuando vemos en ellos nuestras propias preocupaciones pasadas, entonces sí podemos empezar a tratarlos un poco más de igual a igual, aunque… ¡nunca serán demasiado grandes como para evitarse un rezongo! 

Veremos en la próxima la relación entre la familia y la escuela, y la influencia de las estructuras más externas, el barrio, el grupo de pares, los medios, en la formación en responsabilidad y en valores de los adolescentes. ¡Hasta la próxima! 

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