Al abandono, a la oscuridad, a los truenos o tormentas, a los animales, a las pesadillas, a los ruidos fuertes, a los extraños, al fracaso, a la muerte, al descontrol, al rechazo, a engordar, a no ser amados, a las inyecciones, a los daños físicos, a los accidentes, a hacer el ridículo, a las enfermedades,  a los monstruos.

Todos tenemos miedos. Los niños también. La diferencia es que los adultos -en general- aprendimos a manejarlos, afrontarlos y/o convivir con ellos. Temer es un comportamiento normal, salvo en aquellos casos en que los miedos se instalan y se convierten en fobias en cuyo caso se recomienda recurrir a un tratamiento psicológico. 



Los miedos son sentimientos que forman parte del desarrollo humano. Enrique Echeburúa, en Trastornos de ansiedad en la infancia (1993) los define como “una respuesta de activación fisiológica normal que es provocada por sucesos amenazantes, que prepara al organismo para reaccionar ante una situación de peligro.” Por lo tanto, se considera a los miedos como respuestas adaptativas que le permiten al niño desarrollar destrezas para hacer frente situaciones peligrosas. Según González Barrón (1998) los miedos son instintivos, universales y no los aprendemos previamente. 

Los niños más pequeños no entienden el mundo completamente, es decir, no saben separar lo real de lo imaginario. Por lo tanto, al ver una película o escuchar cuentos pueden sentir miedo a ciertos aspectos ficticios. Una buena estrategia para que los padres ayuden al niño a combatir los miedos de los peligros imaginarios, es contarles una historia inventada sobre lo que sucede en la vida real, para que puedan separar el peligro real del peligro ficticio. El temor se alimenta de la imaginación. Entonces, si un niño le teme a un payaso, se lo puede ayudar diciéndole que el payaso juega con los niños, les regala globos, entre otras cosas. Si el niño tiene entre ocho y diez años es aconsejable explicarle el miedo directamente y darle soluciones para enfrentarlo porque a esa edad ya tienen más desarrollada la comprensión.      

Romina Bianchimano, estudiante avanzada de psicología explica que, “cuando se habla de miedos es necesario diferenciar lo que son los miedos evolutivos o normales de aquellos patológicos. Los criterios que permiten diferenciarlos son fundamentalmente la cronicidad, la intensidad de los síntomas y cómo interfieren en el desarrollo del niño. Generalmente los miedos evolutivos son transitorios y están estrechamente relacionados con la edad del niño”. 

Los miedos pueden empezar a manifestarse desde muy temprana edad, aún siendo bebés. Por lo general, a los pocos meses de vida temen a los ruidos fuertes y un poco más adelante, a los extraños. Estos miedos se manifiestan por medio del llanto.  Pero entre los cuatro y seis años de vida, suelen adquirir otra dimensión.  Afectan aproximadamente al 40 o 45% de los niños pero no siempre interfieren negativamente en el desarrollo.  La mayor parte de las veces duran un período de tiempo corto, es decir que aparecen y desaparecen. Pero, en una menor medida, algunos impactan negativamente en el desenvolvimiento psicosocial. 

Los miedos que no interfieren negativamente en el desenvolvimiento del niño, muchas veces dejan enseñanzas positivas, como no cruzar la calle cuando la luz está amarilla o roja. Es decir, hacen que el niño sea precavido en situaciones peligrosas. Por otro lado, claro está que todos los padres le dicen a sus hijos “no hables con desconocidos”. Esta frase puede traer ciertos miedos a los niños, por ejemplo, si se acerca una persona a preguntarle la hora, éste puede asustarse y mostrar ciertas manifestaciones físicas claras de nerviosismo. Por esta razón, cuando se habla con un hijo, hay que explicarle claramente e intentar no asustarlo. 

Otros miedos tienen que ver con lo social, por ejemplo cuando no se animan a hablar en público. Muchas veces, los niños sufren cuando tienen que levantar la mano o pasar al frente en una clase y hasta llegan a no querer asistir a clases para evitar estas situaciones. También temen ir a lugares donde hay mucha gente, como cumpleaños, reuniones y actividades. Para minimizar estas conductas, es recomendable que realicen actividades extracurriculares, como danzas, teatro, canto, ya que las muestras, funciones o exposiciones los ayudan a soltarse.  Pero siempre es mejor aceptar sus tiempos y no obligarlos a hacer algo que no quieren.

Otras veces los niños temen a los cambios. Por ejemplo, cuando deben comenzar el colegio o alguna actividad desconocida para ellos. Es aconsejable que los padres expliquen la nueva situación para que se pueda adaptar más fácilmente al cambio. Sobre todo es importante transmitirles tranquilidad y seguridad, y que uno estará para ayudarlo si es necesario. A su vez, nunca deben burlarse ni ridiculizar al niño porque luego puede sufrir traumas mayores.

La fobia aparece cuando los miedos dejan de ser transitorios, es decir son  miedos persistentes y que generan mucho sufrimiento. Por lo general, cuando un niño posee algún tipo de fobia es porque vive en un hogar exigente, donde, por ejemplo, lo obligan a tener excelentes calificaciones y comportamiento o porque vive alguna situación dolorosa, como la separación de sus padres (y se siente culpable por esto) o el fallecimiento de algún ser querido. 

También existen dos tipos de fobias referidas a la alimentación: “neofobia” cuando no quieren probar nuevos alimentos y “fagofobia” cuando no quieren tragar ciertas comidas. Es recomendable que si un niño padece algún tipo de fobia consulten a un psicólogo o psiquiatra. A veces con tratamientos breves logran evolucionar favorablemente.

Bianchimano explica  que “los miedos evolutivos al ser transitorios, remiten espontáneamente, es necesario darles tiempo. Una manera de ayudarlos sería brindarles apoyo cognitivo y afectivo, respetando sus emociones y  tener de a poco una exposición gradual al objeto que le teme sin ansiedad. Cuando los niños presentan fobias es necesario una consulta profesional que determine cuáles son los factores que están incidiendo para que esta patología tenga lugar. Asimismo, se orienta y se les brinda a los padres psicoeducación con respecto a la patología del niño”.

Morris y Kratochwill (1983) explican los miedos frecuentes o característicos en la infancia según la edad: 

0-6 meses: 

Pérdida súbita de soporte (base de sustentación), ruidos fuertes.

7-12 meses:

Miedo a personas extrañas, miedo a los objetos que aparecen súbita e  inesperadamente.

1 año:

Separación de los padres, inodoros, heridas, personas extrañas.

2 años: Multitud de situaciones que incluyen ruidos fuertes (aspiradoras, sirenas, alarmas, camiones, tormentas, etc.), animales (ejemplo perros grandes), una habitación oscura, separación de los padres, objetos o máquinas grandes y cambios en el entorno personal.

3 años: Máscaras, oscuridad, animales, separación de los padres.

4 años: Separación de los padres, animales, oscuridad, ruidos (incluyendo los nocturnos).

5 años: Animales, separación de los padres, oscuridad, gente “mala”, lesiones corporales.

6 años: Seres sobrenaturales (fantasmas, brujas, etc.), lesiones corporales, truenos y relámpagos, oscuridad, dormir o estar solos, separación de los padres.

7-8 años: Seres sobrenaturales, oscuridad, miedos basados en sucesos apreciados en los medios de comunicación, estar solos, lesiones corporales.

9-12 años: Exámenes escolares, rendimiento académico, lesiones corporales, aspecto físico, truenos y relámpagos, muerte, oscuridad (en porcentaje  pequeño).

Adolescencia: Aumentan los miedos vinculados con las situaciones sociales: miedo a fracasar, a hacer el ridículo, a relacionarse con el otro sexo, a no ser aceptado por el grupo, a las relaciones sexuales y relacionadas con la propia identidad.

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Testimonios:

“Cuando tenía cinco le tenía miedo a un vecino, que era un señor mayor mudo. Soñaba que me perseguía y yo le gritaba "déjeme, déjeme", por eso lo llamaba “Déjeme”. De todas maneras lo saludaba y me contestaba con una sonrisa y sonidos guturales. Después que entendí que no podía hablar no me asustó más”. 

Florencia, 21. 

“Cuando era bien pero bien chiquita le tenia miedo a salir de las alfombras, pensaba que era como un escalón o algo así entonces necesitaba “saltar”. Y cuando fui un poco más grande a las vacunas, a los pinchazos en general, agujas, bichos, todo lo que pincha”. 

Nani, 22. 

“Cuando era chica, más o menos de 2 años, le tenia miedo a la oscuridad. Por lo que mis padres me dejaban la luz prendida todas las noches. Luego comprendí que no había que temerle, simplemente debía pensar en cosas lindas y dormir plácidamente. Ahora que soy grande, intento transmitirle lo mismo a mi hermano”.
Maru, 21.  

Fuentes: 

www.psicoactiva.com 

Entrevista a Romina Bianchimano. 

Morris, R .J, y Kratochwill, T .R (1983): Treating Children’s Fears and Phobia. Nueva York: Pergamón Press.

Echeburúa, E (1993): Trastornos de ansiedad en la infancia. Madrid: Pirámide. 

González Barrón, R (1998): Psicopatología del Niño y del Adolescente. Madrid. Ediciones Pirámide.

Imagen:
www.morguefile.com 

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