Históricamente se han utilizado los términos hiperkinesis, respuesta hiperquinética o disfunción cerebral mínima, para denominar niños con distractibilidad, impulsividad y usualmente hiperactividad. Actualmente, para estos parámetros se utilizan los términos hiperactividad, trastorno por déficit atencional (ADD), trastorno por déficit atencional con hiperactividad (ADD-H) y trastorno por déficit atencional/hiperactividad (ADHD) en forma intercambiable.

 Los niños llamados hiperactivos muestran características específicas desde antes de los 7 años que interfieren significativamente en el funcionamiento social, académico u ocupacional: 

 Hiperactividad: actividad motora o verbal inapropiada o excesiva (se mueven o hablan mucho), inútil y desvinculada de la tarea en cuestión y de naturaleza intrusiva;

 Desatención: pobre atención sostenida en tareas largas o tediosas que los motivan poco. Si bien son capaces de atender o concentrarse, no pueden hacerlo cuando el estímulo pierde fuerza;

 Impulsividad: dificultades en la inhibición de los impulsos frente a las demandas del entorno y dificultades para considerar las consecuencias de la conducta antes de emitirla. 

 También es frecuente que los niños hiperactivos muestren: desorganización (dificultad para cumplir instrucciones verbales); y gran variabilidad de los síntomas en el tiempo (hay días que está mejor que otros) y según las distintas situaciones (funciona mejor en situaciones bien estructuradas, etc.). 

 El trastorno puede presentarse: bien con todos los síntomas recién descriptos; bien sin hiperactividad (niños distraídos pero tranquilos que no rinden de acuerdo a sus capacidades); bien con predominio de hiperactividad e impulsividad. 

 La hiperactividad o ADDH afecta a más del 5 % de la población infantil y es más frecuente en varones que en niñas. Si bien se manifiesta en forma precoz (los niños hiperactivos suelen desarrollar sus dificultades en el primer año de vida), la edad de consulta más frecuente es de 6 a 9 años. Es muy difícil establecer un diagnóstico seguro en bebes y pre-escolares a no ser que la intensidad de los síntomas sea muy superior a la esperada. 

 ¿Y cómo saber si la intensidad de los síntomas es superior a lo esperado? 

 Cuando el niño todavía es bebé, la hiperactividad, impulsividad y desatención se expresan a través de distorsiones del sueño, dificultades de alimentación, exceso de agitación, irritabilidad excesiva y llanto. Las distorsiones del sueño pueden expresarse por dormir poco o por períodos cortos de tiempo y un despertar demandante. Cuando duerme, en general no descansa mucho y suele despertarse sobresaltado y quejándose. Los problemas de alimentación pueden incluir pobre succión o llanto durante el amamantamiento, necesidad de ser alimentados con bastante frecuencia por períodos cortos de tiempo, y poca capacidad de establecer un ritmo de succión. El bebe puede ser irregular en su deseo de comer o ser fácilmente distraído de ser alimentado. 

 El niño a veces se torna difícil y pueden aparecer problemas en la relación madre-niño. El aumento de la irritabilidad, agitación, llanto y/o cólicos hace dificultoso calmar o abrazar al niño por cierto tiempo. A veces puede desarrollar conductas estimulantes o para auto-tranquilizarse como chuparse el dedo en exceso, rotar o pegarse en la cabeza y hamacarse. 

 Una vez que el niño empieza a gatear puede estar en constante movimiento sin tener en cuenta los peligros o si la madre está presente. Esto hace que sea más propenso a tener accidentes y que requiera supervisión constante. El niño puede ser hipertónico o puede no disfrutar de que lo aúpen. Todos estos comportamientos hacen difícil establecer la armonía y sentirse efectivo como padre. Si bien es evidente la actividad constante, siempre cambiante y frecuentemente peligrosa, en esta etapa es difícil delinear cuáles son las contribuciones relativas que la impulsividad e inatención pueden hacer a la conducta que uno ve. 

 En el caso de pre-escolares, la observación muestra que los niños hiperactivos no necesariamente son más activos que otros niños de su edad. Sin embargo, en general los niños hiperactivos corren todo el tiempo, no caminan y cambian de actividad tan frecuentemente que parecen perder su objetivo. Pueden tener dificultad para sentarse tranquilos por un mínimo de tiempo (por ejemplo, dejan la mesa durante la comida, no pueden sentarse durante la lectura de un cuento o están en movimiento constante incluso cuando miran T.V….). Esta actividad inapropiada es particularmente evidente en situaciones estructuradas. 

 A pesar de la marcada actividad motriz gruesa, la coordinación motriz fina y el lenguaje frecuentemente están retrasados. De hecho, la hiperactividad e inatención pueden contribuir a este retraso. Así, un niño puede ser muy activo pero poco coordinado y torpe, haciéndolo más propenso a los accidentes. Las dificultades para dormir pueden continuar con los niños durmiendo poco, sin descanso o por períodos cortos de tiempo. Acerca de la impulsividad en pre-escolares, algunos niños son más impulsivos que otros. 

 Así, el comportamiento es impredecible (saltan a la calle sin razón aparente, agarran juguetes o pegan a otros niños sin ninguna provocación identificable…), muy disruptivo y frecuentemente peligroso… También presentan problemas en el manejo de la conducta, la puesta de límites y la disciplina. 

 Los padres frecuentemente se quejan de que los niños con estos síntomas “no escuchan”, no aprenden de sus errores a la vez que parecen poco receptivos a los premios o castigos, y continúan repitiendo las conductas que los padres quieren parar. Los pre-escolares con problemas de atención cambian de actividad frecuentemente, son desatentos durante tareas estructuradas, no completan las actividades que empezaron, no pueden jugar solos y se distraen fácilmente. 

 Pero no todos los dispersos, inquietos e impulsivos son hiperactivos (según la definición clínica). Otros trastornos pueden ser confundidos o pueden ocurrir al mismo tiempo. En primer lugar, es necesario diferenciar el ADDH de los grados de hiperactividad esperables a cierta edad del desarrollo, que, aunque a veces puedan ser excesivos, todavía pueden estar dentro de la norma. Esto sin mencionar el estilo hiperactivo que fomenta la cultura actual.

 Por otra parte, la pobre atención puede estar originada en causas físicas como: daño de la visión o el oído, secuelas de trauma en la cabeza, enfermedad aguda o crónica, pobre nutrición o sueño insuficiente. Los trastornos de ansiedad, trastornos del estado de ánimo y dificultades de aprendizaje entre varios más también correlacionan con el diagnóstico.

La evidencia muestra que los síntomas son producidos por una disfunción del sistema nervioso central. Suele haber un fuerte componente genético hereditario, pero a veces esto puede deberse a complicaciones durante el embarazo y el parto o daño cerebral adquirido. 

 Los psiquiatras infantiles son los capacitados para hacer el diagnóstico de hiperactividad y de los posibles trastornos psiquiátrico-psicológicos asociados. La evaluación incluye entrevistas clínicas y escalas de valoración estandarizadas para padres y maestros. También es usual que se requieran evaluaciones de logros académicos.

 El tratamiento debe atender todas las áreas de necesidad evaluadas y por lo tanto es multimodal. En el caso del niño se utiliza: psicoeducación (información de lo que le pasa), psicoterapia (entrenamiento en las habilidades deficitarias como autocontrol y habilidades sociales entre otras, ayuda en la interpretación de lo que le pasa, contención de consecuencias emocionales negativas secundarias…) y tratamiento farmacológico (frecuentemente con psicoestimulantes). 

 Es sustancial que también los padres sean informados y orientados en el manejo de estas conductas del niño así como también los maestros.

Te invitamos a que leas Tratamiento de niños hiperactivos para que puedas conocer más sobre este tema.

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