El miedo es una emoción fuerte ante un peligro real o imaginario. La causa puede ser racional o irracional. Cuando el niño lo siente no influye el hecho de conocer si el peligro es fantaseado o real. 

Sobre los miedos

El niño miedoso siente que no tiene recursos internos para afrontar el peligro. Su temor es alimentado por su imaginación a través de pensamientos negativos. Si ve un perro y le teme, se imagina que lo morderá o agredirá. Sus pensamientos aumentan el temor hacia el animal. Si bien puede existir un peligro real, la imaginación aumenta la tensión. Si se imaginara jugando con el perro, se calmaría. El mismo mecanismo tiene lugar en el miedo al fracaso. El niño es estudioso y tiene las condiciones intelectuales necesarias pero se imagina que no puede concentrarse, que se olvidará de todo lo estudiado o que no sabrá lo que irán a preguntarle Si el chico se imaginara en la situación de prueba calmo y sereno, contestando correctamente, no tendría miedo al fracaso. Los padres facilitaran el desarrollo del niño si les brindan la posibilidad de imaginarse los objetos y situaciones temidas, pero teñidas de imágenes positivas

La imaginación es al miedo como el oxígeno al aire.

Lo importante es el temeroso, no el objeto temido. Pon atención al niño que está frente a ti y no al animal o al examen. Muéstrales que tiene los recursos necesarios para enfrentarlos.

Debemos distinguir entre miedo y ansiedad. La ansiedad es un sentimiento displacentero de que algo malo va a ocurrir, en cambio el miedo es siempre hacia algo determinado. La ansiedad está relacionada con la incertidumbre, la inseguridad, y es general, por lo tanto decimos que ese niño está ansioso, nervioso, inquieto, inseguro, expectante.

Todos los seres humanos tienen temores, sólo cambia el contenido de los mismos que varían según la etapa del desarrollo emocional en que se encuentren. La diferencia radica en lo que cada uno hace frente a ellos.

Los bebés tienen miedo a los ruidos fuertes. A los siete u ocho meses tienen miedo a los extraños. En El preescolar tienen miedo a la oscuridad, a los animales feroces y al abandono. El niño en edad escolar tiene miedo al fracaso. A los siete años aparece el miedo a la muerte, a los ocho años el miedo a animales pequeños y al descontrol. El adolescente tiene miedo al rechazo, sobre todo del sexo opuesto, tiene miedo a engordar y a que su físico se deforme. Todos los niños en todas las culturas tienen miedo a perder el amor de sus progenitores, es decir, a no ser amados. 

Si partimos de la base de que a lo largo de la vida los miedos están presentes los miedos, comencemos a debemos aceptarlos. Lo importante es tener estrategias para enfrentarlos.

Un ejemplo típico es el del niño que le teme a la una inyección. Para ayudarlo debes aceptar que realmente tiene miedo. Luego hay que brindarle opciones para que pueda afrontarlo. Por ejemplo, ayudarlo a respirar profundamente, a que se afloje y piense en algo grato. Si está relajado y distraído, casi no sentirá el pinchazo.

Cuando el niño se calma imagina fantasías agradables y deja de pensar en lo temido. Los adultos pueden sugerirle que se imagine algo que ellos saben que le da placer. Esto lo mantendrá ocupado en una fantasía agradable y se olvidará de la inyección.

En las filas para recibir inyectables se observa lo contrario: los padres, inútilmente, quieren convencer a sus hijos de que no duele, o no creen en su temor y se enojan. Esto aumenta la tensión en lugar de calmarlos.

Qué es conveniente evitar frente al miedo:

* No minimizar. 

* No burlarse ni ridiculizar.

* No negarlos. Tienen que entender que el niño realmente siente miedo.

Muchas veces los adultos no tienen en cuenta que el niño siente miedo de verdad, pues la causa del temor del hijo para ellos carece de importancia para ellos. Esto lleva a que los pequeños se sientan incomprendidos y no contenidos. Debemos entender que los sentimientos no pertenecen a la esfera de lo racional. ¿Cuántas veces tienes un sentimiento y no lo entiendes cuando usas tu razón? En esos momentos el niño necesita contención.

Respecto de la burla, ésta puede tener efectos dañinos y puede llevar a que el niño se sienta desvalorizado o no respetado. A veces empleamos la palabra miedoso como un juicio de desvalorización y ridiculizamos a la persona que siente miedo. Es necesario recordar que todos los niños, sin distinción de sexo, tienen miedos. Los sentimientos no tienen nada que ver con la identificación sexual. Descalificar al varón cuando siente algo natural como el miedo es mezclar dos registros diferentes.

Este concepto es un introyecto de nuestra cultura latina. Este tipo de sociedad, todavía machista, perdona que las niñas sientan temores, pero si es el varón el que lo siente, éste es visto como si dejara de tener su condición masculina. 

De los cuentos infantiles deducimos que cobarde es el que tiene miedo y valiente el que carece del mismo. Propongo una redefinición: ambos tienen miedos. El cobarde no los enfrenta, los miedos lo vencen, lo paralizan o lo hacen huir. El valiente es el que, aun teniéndolos, los enfrenta y hace algo ante su realidad.

La diferencia no radica en tener o no tener miedos. La gran diferencia es qué hace el que los tiene.

La tercera conducta, la negación, lleva a que los miedos recorran ciertos caminos que detallaremos más adelante. Todo aquel que dice no tenerlos en realidad y los niega, los tendrá y estos serán mayores o menores, según nuestra estructura de carácter.

¿Qué pasa cuando el miedo no es aceptado?

* Evitación.

El niño es invadido por el miedo hacia un animal o en una situación determinada. Trata de sobrellevar ese temor evitando el objeto temido. Pero si invierte mucha energía en evitarlo, su vida puede llegar a hacerse insoportable. La energía vital debe estar libre para la adaptación y la creación.

Es así que aparecen las conocidas fobias. El miedo se proyecta en un objeto externo y surge una conducta evitativa. El niño puede dejar de ir a la casa de un amigo donde disfruta pues tiene fobia a los perros y teme encontrar a la mascota de su compañero. En ciertos casos, puede evitar ir a un lugar que le encanta pues está en el piso décimo y tiene fobia a los ascensores. De esta manera, son los temores los que conducen la vida diaria del niño y no sus deseos.

* Sumisión. 

El niño reprime su creatividad, su fantasía, su iniciativa y se somete a otra persona más grande o con más fuerza que él, que lo domina y lo maneja. El sumiso es un miedoso que elige obedecer a otra persona. Teme a su padre autoritario y se transforma en su súbdito o en su esclavo. Es una manera de tratar de aplacar su miedo a una figura despótica, pero .Esto traerá resultados negativos en su vida futura, ya que deja de ser él porque se puede convertir en un apéndice de la figura temida.

Es un mecanismo usado en los regímenes dictatoriales: hago lo que mi líder me ordena pues temo que él me haga daño si no lo obedezco.

* Pasividad.

Es una actitud parecida a la anterior: el niño renuncia a su iniciativa, a sus deseos y pierde fuerza, se reprime, no intenta nada, no se anima y se paraliza.

En ocasiones se los considera niños haraganes, pero y en realidad están paralizados por el miedo al fracaso y . No creen ser capaces de satisfacer a los padres ni y a los demás.

Es importante entender que detrás de lo que se considera haragán puede haber un niño con miedo al fracaso. No será utilizando ese calificativo como lo ayudaremos sino mirando en su mundo interno, en este caso, a su miedo. Si lo ayudamos a enfrentarlo puede transformarse en una persona activa, emprendedora y con iniciativa.

* Agresión.

Es tal el miedo que el niño siente que lo transforma en agresión. Se identifica con el agresor. Hay niños que ante el miedo se identifican con figuras temidas y terminan imitándolos. Es un mecanismo usual en niños maltratados físicamente. Cuando ellos son padres repiten con sus propios hijos la misma conducta. 

El mecanismo utilizado se denomina identificación con el agresor, término acuñado por y su descubrimiento lo debemos a Ana Freud. Copian el estilo de la figura temida y repiten la misma historia. 

El pensamiento es: "Para no temerte, seré como tú."

El miedo más frecuente

El miedo más común de los niños pequeños es el miedo o la ansiedad que sienten cuando tienen que separarse de sus padres. Este miedo se presenta en todas las culturas y en todos los niños. El niño teme ser abandonado por sus progenitores y está relacionado con el miedo a perder el amor de sus padres, del cual ya hablamos. Siente que si lo abandonan es porque no lo aman. 

¿Que sucede en realidad?

Alrededor de los siete meses comienza a manifestar la angustia al extraño. Empieza a reconocer a su madre, y cuando ella está ausente, se angustia. Un bebé, a partir de dicha edad, llora cuando no ve a su mamá, .Siente temor de que ella lo abandone y que lo haya dejado de amar. Cuando la madre regresa, el niño la ve y se calma porque se da cuenta de que no fue abandonado. Esta conducta la observamos Esto se puede observar en los primeros días de la guardería o con una niñera nueva.

A continuación, mostraremos varios pasos a seguir cuando los padres dejan los primeros días a sus hijos en los centros educativos de enseñanza inicial:

1 – Respirar y calmarse. Los gritos y llantos de los niños son normales.

2 – Despedirse de los hijos y partir sin dudas. 

3 – Trasmitir en forma tranquila y segura que mamá o papá se va y vuelve. La frase más importante es: "Me voy y volveré. Siempre voy a volver". Esta frase le calma el miedo al abandono.

4 – Se van y no regresan. Los pequeños llorarán y gritarán, pues es una forma de presionar para que los padres regresen.

5 – Es imposible evitar la tensión y el llanto ante la partida, pero al tranquilizarlos e irse le dan la oportunidad de enfrentar esa situación.

Lo importante es que no sucumban sucumbir a los llantos y no mostrar dudas en eso, pues hay padres que vuelven y tratan de consolar a sus hijos.

¿Qué debemos evitar hacer?

* No amenazar con frases tales como: "Si no te callas, te dejo para siempre." "Cállate o no te quiero más." 

* No mostrar ambivalencia o dudas en el momento de la despedida.

* No decirles: "No tengas miedo", pues es normal que el niño lo sienta.

Al pasar los días, la angustia por la separación decrece, aunque hay niños más lentos en adaptarse. Si pasa el tiempo y la conducta del niño permanece, es una señal de que algo está sucediendo en su desarrollo emocional.

Lo contrario, la falta de angustia, también es una alarma. El niño pequeño que no llora ante la separación nos indica que no se angustia ante la ida de sus seres queridos. No importa su edad, pero si tiene cuatro años y es la primera vez que va a la escuela es normal que llore. En cambio, si tiene la misma edad pero va a la guardería desde el primer año de su vida, es significativo que llore al tercer año de concurrir al centro educativo. Luego del período de adaptación es de esperar que cesen las lágrimas.

Los llantos nacen de la rabia y la frustración ante la partida de sus progenitores. También se mezclan con la tristeza en esos momentos dramáticos para los pequeños en los que temen haber perdido a sus padres. Si éstos sucumben ante los gritos y regresan, los niños aprenderán que manifestando ese comportamiento obtendrán lo que desean. En un futuro emplearán los llantos y gritos para conseguir otras cosas que quieran.

Existen dos trastornos muy de moda: la ansiedad o fobia social y trastornos de pánico que son motivo de consulta psicológica y psiquiátrica en la vida adulta. Si bien tienen una carga genética muy importante el ambiente puede inhibir o facilitar el desarrollo de las mismas.

La fobia social se caracteriza por el miedo persistente ante situaciones sociales o la actuación en público por el temor al ridículo o la burla. Esto produce ansiedad, y la persona evita dichas situaciones que le producen síntomas de ansiedad como enrojecimiento de la cara, temblor, palpitaciones, transpiración y otras molestias físicas.

Las Muchas personas que presentan fobia social fueron educadas en hogares exigentes con fuertes críticas con respecto a su rendimiento, donde no se toleraban los errores y defectos. Sin tantas exigencias y críticas, se disminuirá la posibilidad de presentar ese cuadro. Existen niños que temen levantar la mano por miedo a hacer ridículo o tener una evaluación negativa. Presentan síntomas físicos y pesadillas en el sueño relacionadas con el miedo a equivocarse.

El ataque de pánico se caracteriza por la aparición súbita de aprensión, miedo pavoroso o terror, acompañados por la sensación de muerte inminente, que se denota en síntomas físicos como falta de aliento, palpitaciones, opresión, malestar, miedo a volverse loco o perder el control.

Lo mencionado para la ansiedad social es válido para este trastorno también. Ambos son hermanos, o sea educados en el mismo hogar. 

Con respecto a este último, vemos niños que presentan fantasías catastróficas, invadidos por diversos miedos donde los adultos no le han facilitado la posibilidad de recurrir a sus propias fuerzas para enfrentarlos. A veces sucede lo contrario, el clima de tensión reinante en el ambiente familiar aumenta los mismos.

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La foto fue tomada de: www.morguefile.com 

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