Reconocer que había un problema fue difícil; acceder a esa primera consulta con un especialista un año después fue aún peor y, mientras, nuestras vidas rodaban entre un ir y venir. Pero por suerte, hubo final feliz.

Testimonio de una pareja que realizó tratamiento con  Dr. Mario Feder (Uruguay)

”…y serás el arquitecto de tu propio destino”. ¿Cuántas veces me pregunté qué había hecho para que ese fuera mi destino?

Llegó un momento en que queríamos la responsabilidad de un hijo, ya que nos parecía que éramos más selectivos con los estímulos y estábamos más tranquilos en el terreno afectivo y profesional, pero el tiempo pasaba y ese hijo no llegaba.

Reconocer que había un problema fue difícil; acceder a esa primera consulta con un especialista un año después fue aún peor y, mientras, nuestras vidas rodaban entre un ir y venir, la medicación, estudios –muy pocos–, menos explicaciones, largos plantones escuchando música clásica con la mirada perdida en los cuadros de las puertas de Enrique Medina.

Muy elocuente… Siempre imaginé el destino como un largo pasillo, iluminado o no, dependiendo del estado de ánimo de la ocasión, con muchas puertas, donde uno las va abriendo para ahí decidir si quedarse o seguir.

Nunca vi que estas puertas nos llevaran a ningún lugar, excepto al de la frustración y desilusión por los reiterados intentos fallidos, que no llevaban a cargar no sólo con la idea de la esterilidad sino con los duelos por los embarazos no concretados.

Tres años de correr, trabajando todo el día para no pensar, evitando temas de ”bebé”, ocultando, negando y pensando que ”aquí no pasa nada” fueron una manera muy peligrosa de afrontar el problema.

La primera inseminación artificial, después de tres años y de mucho insistir ”¡por qué no hacíamos algo más!”, y muy a pesar de estar catalogada como ”técnica de baja complejidad”, fue el factor determinante, y paradójicamente muy complejo, para ya no seguir detrás de esa puerta y probar de abrir una nueva.

Habían pasado tres años de ”tratamiento” durante los cuales habíamos ”obedecido” al pié de la letra las instrucciones, pero la tenacidad había mostrado no ser suficiente y se nos planteó el dilema de hasta cuándo seguir.

Al enfrentarnos con la triste realidad de tres años en un inútil vaivén, y entender el presunto ”¿por qué?”, creí imposible volver a confiar plenamente en otro tratamiento.

Entonces encaramos la adopción como esa alternativa paralela que nos daría tranquilidad y mayor estabilidad. Cada vez que nos llamaban por un bebé la vida nos sonreía, pero cada vez que la madre se arrepentía… Dios sabe (y quien lo ha vivido) lo que se siente…

Si la primera consulta fue difícil, cambiar de profesional fue traumático; cuestiones de carácter, creo yo. Pero la esperanza prevaleció, así que empezamos de nuevo.

Algunos meses pasaron, y después de realizar ”estudios básicos” (todavía recuerdo esas palabras) experimentamos dos inseminaciones, en esta segunda etapa, que desataron fuertes tormentas de sentimientos contradictorios, el dolor de las experiencias pasadas.

Siempre pensé que hasta el arsenal terapéutico más sofisticado resulta incompleto. Si no se cuenta con el recurso más importante en el acto médico: un ser humano honesto, que inspire confianza, que escuche y al menos ”trate de entender”. Y así fue; después de la segunda inseminación artificial, un día muy valioso de agosto, confirmamos un ”positivo”… tan fácil que suena…

Hoy Nicole en mi panza, con sus pataditas diciéndome: ”aquí estoy, mami”, en una historia en la cual interjugaron tantas expectativas y miedos, sé que este médico ha quedado definitivamente incorporado a la biografía de la familia que ayudó a formar. Ya no será posible recordar el nacimiento de Nicole sin incluirlo. Siempre aparecerá su imagen y el deseo de encontrarlo cada vez que el milagro de la vida se repita.

Deja un comentario